El Cairo: Bares para escuchar — Ecos del Nilo y memoria sonora

El Cairo: Bares para escuchar — Ecos del Nilo y memoria sonora

Por Rafi Mercer

El Cairo es una ciudad que nunca calla. La llamada a la oración marca el ritmo del día cinco veces al día, las bocinas de los coches se entremezclan en las avenidas y los vendedores ambulantes pregonan sus mercancías por encima del murmullo constante de millones de personas. Sin embargo, El Cairo es también una ciudad de música: la voz de Umm Kulthum que resuena en las radios de transistores, las baladas de Abdel Halim Hafez que se cantan en las bodas, el shaabi y el mahraganat que laten en las calles de hoy. En este ambiente, el bar de escucha adquiere un papel especial: un espacio donde se puede escuchar con intimidad el inmenso archivo musical de Egipto, donde la fidelidad musical destila el ruido de la ciudad para ponerlo de relieve.

Sus raíces se remontan a la edad de oro de la industria discográfica egipcia. Desde la década de 1930 hasta la de 1970, El Cairo fue la capital cultural del mundo árabe. Umm Kulthum, Abdel Wahab, Farid al-Atrash y Mohammed Abdel Wahab llenaron los discos que se distribuyeron por todo Oriente Medio, el norte de África y hasta Europa. El vinilo fue fundamental para esa difusión y, aunque más tarde predominaron los casetes y los CD, los fondos discográficos perduraron en tiendas de discos y colecciones privadas. Instituciones como el Centro Egipcio de Cultura y Artes (Makan) conservaron la música tradicional, mientras que una nueva generación de DJ y coleccionistas ha comenzado a reinterpretar los viejos discos para nuevos públicos.

Entre los locales que dan forma a la cultura musical de El Cairo se encuentra el Cairo Jazz Club, que, aunque es conocido por sus actuaciones en directo, cada vez organiza más noches dedicadas al vinilo y al hi-fi. El ROOM Art Space, en Garden City, funciona tanto como sala de actuaciones como de audición, mientras que bares y galerías más pequeños de Zamalek y el centro de la ciudad —a menudo vinculados a colectivos creativos— están experimentando con sistemas de hi-fi. Estos espacios son modestos, a menudo improvisados, pero su intención es muy seria.

Lo que distingue a los bares de música de El Cairo es su relación con la memoria. Los sistemas de sonido están diseñados para ofrecer calidez y claridad: altavoces vintage, amplificadores de válvulas y tocadiscos que aportan textura a las voces y a las cuerdas. Los clientes se reúnen para tomar café, cerveza o arak, y las conversaciones fluyen, pero cuando la voz de Umm Kulthum se eleva, la sala se queda en silencio. Escuchar aquí es un acto de reverencia, pero no de austeridad: un acto colectivo de recuerdo.

La selección musical refleja los archivos de El Cairo y su dinamismo moderno. Los discos clásicos árabes conviven con el jazz, el funk, el reggae y la música electrónica. El mahraganat —un género egipcio crudo y de origen callejero— aparece a veces en forma de remezcla o en vinilo, lo que suscita debates sobre la tradición y la innovación. Las listas de reproducción son eclécticas, pero están pensadas a propósito, entrelazando la historia y el presente en un diálogo.

A nivel mundial, El Cairo es importante porque muestra cómo el «bar de la escucha» tiene eco en ciudades donde los archivos son enormes y la memoria es colectiva. Estos espacios no son novedades de lujo, sino actos de conservación que replantean el patrimonio sonoro de Egipto para adaptarlo a la sensibilidad actual.

Si te sientas por la noche en un pequeño bar de Zamalek, con un té de menta en la mano, mientras un disco de 45 rpm de Umm Kulthum, con su sonido chirriante, da paso a uno de Fela Kuti, sentirás la huella de El Cairo. Escuchar música aquí no es una forma de evasión. Es la memoria, viva en el presente.

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