Un día, Hermès

Un día, Hermès

Hay ciertos nombres en el mundo de la moda que avanzan más despacio que el resto del mundo. Hermès es uno de ellos. No basta con entrar en una tienda y comprar un Birkin; hay que esperar, tener esperanza, forjar una relación y, quizá, algún día, se haga realidad.

En un sector adicto a lo inmediato, Hermès nos recuerda que hay cosas por las que merece la pena esperar, y eso está bien.

Anoche estuve pensando en esto en Spiritland; me encanta ese sitio, me siento allí y me vuelvo invisible, donde el DJ pinchaba discos con tanta paciencia, con tanto cuidado, que la sala se fue adaptando a su propio ritmo. Cada tema se prolongaba, cada fundido era medido, y la música se iba revelando momento a momento. Me llamó la atención que Hermès y la escucha pausada comparten la misma filosofía. Tampoco se puede tener prisa con ninguna de las dos cosas. Hay que sentarse con ellos, dejar que se desplieguen, permitir que el deseo y los detalles se vayan construyendo en silencio hasta que lleguen.

No tengo un Birkin. Quizá algún día. Pero ahí está la clave. Hermès no tiene que ver con la gratificación inmediata. Se trata de una aspiración que se va forjando a lo largo de años, a veces décadas. Los bolsos se convierten en símbolos, no del gasto, sino de la espera, de la paciencia, de haber vivido lo suficiente con tu propio estilo como para merecer el peso que conllevan. Es la moda como permanencia más que como novedad —un contraste con la velocidad a la que vivía antes, corriendo a toda prisa por los escaparates de Topshop, cambiando de colección semana tras semana—.

Ahora me doy cuenta de que me atraen cada vez más las cosas que pasan más despacio. La correa de cuero de un reloj antiguo que se va ablandando con cada año que pasa. Una gabardina de segunda mano que cada vez luce mejor gracias a las arrugas. Incluso mis Adidas Gazelles —el par que más tiempo llevo teniendo, con el ante ya desgastado y las suelas casi translúcidas— se han convertido en mis propios Hermès. No porque cuesten miles, sino porque llevan conmigo el tiempo suficiente como para que me parezcan insustituibles.

Lo que enseña Hermès, y lo que me recuerdan los bares de música cada vez que los visito, es que el verdadero lujo no tiene que ver con la posesión. Tiene que ver con la presencia. Se trata de estar en la sala cuando suena el disco adecuado, de esperar un bolso que no se puede conseguir de un momento a otro, de atesorar esos momentos que se dan en contadas ocasiones y que permanecen contigo para siempre.

Cuando veo a alguien llevando un Birkin en el metro —bien agarrado, con el cuero reluciente y las esquinas suavizadas por el uso—, no veo riqueza, veo tiempo. Las horas, la paciencia y el autocontrol que hicieron falta para llegar hasta ahí. El bolso es la prueba de esa espera. No solo lleva pintalabios y llaves; lleva consigo cada año que hizo falta para llegar hasta ahí.

Quizá algún día tenga uno. Hasta entonces, seguiré buscando los «momentos Hermès» en otros lugares: en la paciencia de los discos de vinilo, en la lentitud de la moda de segunda mano, en el lujo de aquellas cosas que te invitan a no tener prisa. Esa es la lección, en realidad: algún día tendrás el bolso, pero lo importante es la espera.

Amelia Fairfax

Amelia Fairfax escribe sobre la moda dentro y fuera de los espacios dedicados a la música. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí ohaz clic aquí para seguir leyendo.

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