Música clásica negra – Yussef Dayes (2023)

Black Classical Music – Yussef Dayes (2023)

La obra «Black Classical Music» (2023) de Yussef Dayes tiende un puente entre el legado y el horizonte: el ritmo como reflexión, el groove como elegancia. 

Por Rafi Mercer

Hay un momento, cada pocos años, en el que se puede sentir cómo una tradición vuelve a cobrar vida, no como nostalgia, sino como una fuerza. *Black Classical Music*, el álbum debut en solitario de Yussef Dayes de 2023, es uno de esos momentos. No se trata de un renacimiento, sino de un regreso.

Lo escuché por primera vez en un pequeño local del Soho, una tienda de discos convertida en sala de audición para esa noche. El sonido era impecable: los platillos tocados con escobillas se entrelazaban con los graves más profundos, y los acordes fluían como el agua a través de la luz. En el vídeo que se reproducía, Dayes estaba sentado detrás de la batería, sonriendo —esa media sonrisa de quien ha aprendido a hacer que el tiempo sea elástico—.

No se trata de un disco de jazz en el sentido tradicional, ni tampoco de un disco electrónico. Es un híbrido entre fuerza y meditación. La batería es física pero fluida, llena de vida gracias a la intuición de alguien que ha convertido el ritmo en un reflejo. Cada golpe de caja parece un signo de puntuación; cada toque de escobilla, una respiración.

La canción que da título al álbum comienza como una invocación: la batería de Dayes retumba bajo acordes resplandecientes y el saxo tenor de Kamasi Washington. Hay calidez, pero también fuerza. El ritmo se expande, se abre y luego se repliega de nuevo. Se puede apreciar la influencia de sus predecesores: Miles Davis, Fela Kuti, Herbie Hancock… No se trata de una copia, sino de una reinterpretación. Dayes ha tendido un puente entre el soul, el jazz espiritual y la cultura moderna del beat, y lo recorre como si fuera su hogar.

Lo que más llama la atención es cómo «Black Classical Music» logra un equilibrio entre energía y elegancia. Podría haber caído fácilmente en la ostentación —un mero alarde de técnica—, pero nunca lo hace. Cada tema tiene un propósito. «Afro Cubanism» se mueve con precisión; «Marching Band», con la colaboración de Masego, fusiona gospel, funk y el ambiente desenfadado de Londres. Luego llega «Chasing the Drum»: seis minutos de meditación fluida, con Dayes en perfecta comunión con el bajo y el Rhodes.

Si se escucha con atención, se percibe cómo trata el ritmo como si fuera arquitectura. Los platillos definen el espacio; el bombo le da profundidad. En un buen equipo de sonido, el álbum suena casi tridimensional: el espacio entre los instrumentos se reproduce como la luz a través del humo. No es una producción pensada para el espectáculo, sino para evocar emociones.

Hay algo espiritual en su moderación. Dayes sabe cuándo dejar espacio —ese instinto esencial del jazz según el cual el silencio puede crear un ritmo más intenso que el sonido—. Se aprecia en «Rust», donde las armonías lentas flotan sobre una percusión lejana, y de nuevo en «Tioga Pass», un tema que evoca un amanecer sobre la niebla. No es una interpretación; es presencia.

Dayes siempre ha comprendido la tensión entre el ritmo y la elegancia. Sus primeros trabajos con Yussef Kamaal introdujeron esa sensación elástica de swing, en la que la batería marca la armonía, y no al revés. «Black Classical Music» lleva ese instinto un paso más allá, creando mundos enteros a partir del pulso. El álbum transmite una sensación de naturalidad, no de superposición de capas; se oye cómo los músicos responden unos a otros, no al software.

También hay una profunda humildad en la forma en que enfoca la música. El título podría haber sido provocador, pero no lo es. Es una reivindicación: una afirmación de que la expresión negra es clásica, de que estos ritmos forman parte de la historia, no son una desviación de ella. Dayes no lo intelectualiza; simplemente lo interpreta, con generosidad y convicción.

A mitad del álbum, «Crystal Palace Park» cambia el ambiente. Los acordes del Rhodes brillan como reflejos sobre el asfalto mojado, el bajo murmura en un tono grave y la batería retumba como una conversación: nunca se destaca, siempre está presente. Es Londres y Los Ángeles, Lagos y Kingston, todo ello fundido en un único momento auditivo.

Más adelante, «Pon di Plaza» y «The Light» se adentran aún más en el terreno de lo moderno: el jazz moderno se funde con la atmósfera electrónica, sin perder el aliento. Hay aquí una naturalidad que parece ganada a pulso: Dayes tiene todo bajo control, pero sin llegar a ser rígido. Su forma de tocar la batería se convierte en melodía, no en ritmo: frases y formas, no solo compases.

Lo que une todo es el tono. El disco suena cálido, analógico, artesanal… rico en imperfecciones. Se puede oír la madera de la batería, el silbido de la cinta, el ligero desafinado que le da textura a todo. Es esa atención al detalle —el respeto por el toque humano— lo que lo convierte en un álbum para escuchar en el sentido más puro.

Cuando se reproduce a través de los altavoces en una habitación silenciosa, la música clásica negra llena el espacio como si fuera un organismo vivo. Los graves se mueven suavemente bajo los pies, los platillos brillan en el límite de lo audible. No es música de fondo; es atmósfera. Puedes trabajar con ella, pensar con ella, moverte al ritmo de ella… pero siempre acabarás escuchándola.

Y eso es lo que la hace especial. No es una música que exija aplausos, sino una música que confía en la conciencia. La interpretación de Dayes se percibe como una meditación a través del movimiento: la repetición como reflexión. Cada golpe de la caja se siente como una respiración que regresa a casa.

Hacia el final, «Woman’s Touch», con Leon Thomas, aporta ternura: la voz y el ritmo encuentran un lenguaje común. El tema se cierra con un fundido que resulta casi ceremonial, como si Dayes se inclinara ante el propio disco. Entonces te das cuenta de que «Black Classical Music» no trata solo de jazz; trata del equilibrio: entre el legado y la innovación, entre la velocidad y la quietud, entre el cuerpo y el pensamiento.

Al escucharlo ahora, me doy cuenta de lo poco habitual que es este tipo de seguridad: tocar sin forzar, dejar que el ritmo hable por sí mismo. Dayes no persigue el compás; lo escucha. Ahí reside su genialidad. Sabe que tocar la batería no tiene que ver con el control, sino con la conexión.

Al final, el título encaja a la perfección. Esto es «Black Classical Music»: no es un género, sino un gesto: rendir homenaje a lo que vino antes mientras se construye lo que vendrá después. Es el sonido de la continuidad.

Y en un mundo que olvida con demasiada rapidez, Yussef Dayes nos ha regalado algo que perdura en la memoria.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o haz clic aquí.

Volver a los relatos

No es una lista de reproducción.

El número de socios fundadores está limitado a 200 en todo el mundo. El club de escucha «Tracks & Tales» está dirigido a quienes entienden que escuchar no es un simple ruido de fondo, sino que se trata de estar presente.

ÚNETE AHORA