25.º aniversario de Café del Mar — Varios artistas (2005)

25.º aniversario de Café del Mar — Varios artistas (2005)

Veinticinco años de una puesta de sol, contados por la casa que la contempló.

Por Rafi Mercer

Los aniversarios incitan a las instituciones a mirar hacia atrás. Lo más seguro al cumplir veinticinco años es hacer una retrospectiva: reunir a los nombres famosos, remasterizar los recuerdos y sacar partido de la nostalgia. Café del Mar optó por algo más discreto y que, dependiendo de la paciencia de cada uno, puede considerarse más valiente o más insípido. Llenó tres discos casi en su totalidad con música nueva.

Es importante tener en cuenta el contexto. En 2004, la serie de recopilatorios del bar ya había superado su fase imperial —los volúmenes de José Padilla que dieron nombre a un género— y había salido airosa de una separación legal de Universal. El sello que surgió, Café del Mar Music, era independiente y autosuficiente, y trabajaba con su propia plantilla de artistas en lugar de adquirir licencias del catálogo mundial. La colección del 25.º aniversario, publicada en diciembre de ese año para conmemorar el cuarto de siglo desde la inauguración de la terraza en 1980, es el sonido de esa independencia. Casi cuatro horas. Un sello que cuenta su propia historia con su propia voz, con un tercer disco dedicado a artistas inéditos de todo el mundo: un disco de descubrimientos, con el que el sello deja la puerta abierta.

¿Y cómo suena el estilo propio de la casa? Suave. Deliberadamente suave, sin complejos. «Private Session», de Lovers Lane, en su mezcla número 25, marca la pauta: pads cálidos, un tempo pausado, nada que supere el volumen de una conversación. Vargo. «Innocence», de Jo Manji. La guitarra española de Rue du Soleil. «The Call», de Digital Analog Band. El único hilo conductor que nos remite a la excentricidad de antaño es el enfrentamiento entre A Man Called Adam y Chris Coco en «Knots»: dos nombres de la primera generación balearic que siguen encontrando ángulos insólitos en la calma.

La honestidad exige decir lo que este álbum no es. No es la extraña selección de Padilla, ajena a los géneros, de los primeros volúmenes, en los que el flamenco convivía con el techno ambiental porque así lo dictaba la luz. Aquí los bordes están pulidos. Si se escucha con ojo crítico, tema a tema, hay tramos enteros que se deslizan hacia lo anónimo: música que garantiza no interrumpir nada, lo cual es una ambición diferente a la de la música que cautiva a todo un público. Las críticas de la época lo señalaron, y no se equivocaban.

Pero escucharlo tema por tema es la forma equivocada de hacerlo, y posiblemente la forma equivocada de escuchar cualquier cosa que haya producido este bar. Los discos de Café del Mar nunca fueron álbumes en el sentido de una obra de autor. Eran duraciones. Su unidad de significado es la hora, no la canción: la curva de tempo que Padilla trazó desde la tarde hasta el atardecer, formalizada aquí en un estilo propio. Pon el álbum a las cuatro de la tarde y déjalo sonar, y la suavidad deja de ser un defecto y empieza a ser una función. Es la banda sonora de algo. El día que pierde su urgencia. La luz que se vuelve ámbar. Esa transacción balear específica en la que cambias el impulso por la presencia.

Esa es su aportación a la cultura de la escucha, y es una aportación auténtica. El bar de la escucha exige que la atención se centre en el disco; el bar del atardecer exige que la atención se centre en el horizonte, con el disco como cómplice. Ambos son rituales que invitan a permanecer quieto. Este conjunto pertenece al segundo tipo, creado con sinceridad por la institución que lo inventó.

Dónde queda, veinte años después: un documento más que un hito. Lo esencial de Café del Mar siguen siendo los primeros álbumes; ahí es donde reside lo insólito. Pero la colección del 25.º aniversario capta algo que aquellos no captan: una institución en la madurez, independiente, segura de su propósito, satisfecha de ser exactamente lo que es. Se pone el sol. La terraza aplaude. La música sigue sonando.

En algún momento del tercer disco, un artista del que nadie había oído hablar ve cómo se edita su primer disco. Esa era siempre la otra mitad del ritual.

Preguntas rápidas

¿El álbum del 25.º aniversario es una recopilación de grandes éxitos?

No. Lanzado en diciembre de 2004 para conmemorar el cuarto de siglo del bar, se compone casi en su totalidad de material nuevo del catálogo de Café del Mar Music, con un tercer disco dedicado a artistas inéditos. Para la época clásica, empieza por los primeros volúmenes numerados recopilados por José Padilla, en particular del Volumen Uno al Seis.

¿Por qué suena diferente de los primeros álbumes de Café del Mar?

Había dos razones: Padilla se había marchado y el sello se había separado de Universal para operar de forma independiente con artistas propios. La selección excéntrica y transgresora de los noventa dio paso a un estilo propio más fluido y coherente: menos extraño, más sostenido.

¿Cuál es la mejor forma de escucharlo?

Se trata de una duración, no de una lista de canciones. Ponlo a media tarde y déjalo sonar hasta la noche: el repertorio se basa en el principio original de las terrazas, que consiste en adaptar el tempo a la luz del atardecer. Si se valora canción por canción, pierde fuerza; si se valora como una tarde, cumple su función.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o explora el archivo completo de álbumes.

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