Everything Is Wrong — Moby (1995)

Everything Is Wrong — Moby (1995)

Un disco inquieto para una década inquieta

Un álbum deliberadamente fragmentado, creado por un artista que se negaba a acomodarse, incluso cuando el mundo intentaba encasillarlo.

Por Rafi Mercer

Hay álbumes que parecen una llegada y otros que parecen una protesta. *Everything Is Wrong* pertenece sin lugar a dudas a esta última categoría. Cuando Moby lo publicó en 1995, no pretendía complacer ni a las discotecas, ni a la crítica, ni siquiera a esa versión de sí mismo que había saboreado brevemente el éxito comercial. Se rebelaba: contra las expectativas, contra la identidad, contra la idea de que la música electrónica debiera encajar perfectamente en un único estado de ánimo o propósito.

Para entender por qué grabó este álbum, hay que retroceder un poco en el tiempo. Solo unos años antes, Moby se había convertido en una figura inesperada en las listas de éxitos con «Go», un tema que introdujo la melancolía ambiental en la cultura rave y que, de repente, le dio notoriedad. Sin embargo, la notoriedad trajo consigo presión. La escena electrónica de principios de los 90 se estaba profesionalizando rápidamente: los géneros se estaban consolidando, el público se dividía en bandos y se esperaba que los artistas eligieran un camino. O eras techno, ambient, house o rave. O apostabas por el cuerpo o por la mente.

«Everything Is Wrong» es la forma en que Moby rechaza esa opción.

El álbum fluye como una mente inquieta. En un momento es contundente e industrial, al siguiente se adentra en una introspección sin ritmo, para luego dar un giro hacia la electrónica con toques punk o los breakbeats fragmentados. No hay un único «centro de gravedad» sonoro, y ahí radica precisamente la clave. Moby ha hablado de lo profundamente incómodo que se siente al verse encasillado, y este disco suena como si alguien derribara deliberadamente los muros mientras se construyen a su alrededor.

El título no es irónico. Es una expresión de inquietud. El optimismo de mediados de los 90 —la idea de que la tecnología, la globalización y la cultura de discoteca estaban dando paso a algo más puro y libre— se ve sutilmente socavado aquí. Bajo los ritmos se percibe una sensación de agitación, incluso de ansiedad. No se trata de música electrónica como vía de evasión, sino de música electrónica como confrontación.

Lo que resulta especialmente interesante es lo humano que se percibe el álbum, a pesar de las máquinas. Hay una energía nerviosa en la programación, la sensación de que hay manos tocando los mandos, en lugar de sistemas que funcionan a la perfección. Las canciones parecen interrumpidas; las ideas chocan entre sí en lugar de fusionarse. Esto refleja el estado psicológico de un artista que aún no sabía dónde encajaba y que, tal vez, sospechaba que el propio hecho de encajar era el problema.

Treinta años después, la pregunta que te haces —¿ha cambiado realmente algo?— te golpea con fuerza.

En cierto sentido, sí. Los límites entre los géneros son ahora mucho más difusos. Los artistas pasan de un estilo a otro con total naturalidad, y las listas de reproducción han sustituido a las categorías de las tiendas de discos. La fragmentación contra la que luchaba Moby se ha convertido en la norma. El eclecticismo ya no es una rebelión; casi se da por sentado.

¿Pero a nivel emocional? El álbum resulta inquietantemente actual.

Podría decirse que esa sensación de que todo está un poco desajustado —cultural, política y tecnológicamente— es hoy más intensa que en 1995. Vivimos en un mundo de opciones infinitas, conectividad constante y una ansiedad latente. La sensación de que algo no funciona, incluso cuando las cosas parecen ir bien a simple vista, es ahora una experiencia compartida, más que algo privado.

Al volver a escucharlo, «Everything Is Wrong» suena menos como un artefacto de mediados de los 90 y más como un diagnóstico precoz. Moby no estaba prediciendo el futuro en un sentido grandioso, pero sí expresaba un sentimiento que no ha hecho más que intensificarse: la incomodidad de vivir dentro de sistemas que avanzan más rápido que nuestra capacidad para darles sentido.

Además, replantea el éxito posterior de Moby. Cuando salió a la venta *Play* en 1999, con su claridad emocional y su accesibilidad universal, se percibió como una resolución. Pero esa resolución solo tiene sentido gracias a discos como este. *Everything Is Wrong* es la tensión necesaria —la pregunta sin resolver— antes de que llegue la respuesta.

Hoy en día, el álbum invita a un tipo de escucha diferente. No para disfrutar de su cohesión, sino para reflexionar sobre sus contradicciones. Para aceptar que la inquietud puede ser una forma de honestidad. Que negarse a ser ordenado puede ser, a veces, la respuesta más sincera al mundo en el que vives.

En ese sentido, el título sigue siendo válido. Quizá todo esté mal. O quizá el error sea esperar que no sea así.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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