Floating Points – Cascade (2024)

Floating Points – Cascade (2024)

Por Rafi Mercer

«Cascade», el último álbum de Sam Shepherd (también conocido como Floating Points), publicado en septiembre de 2024, da la sensación de estar al borde de una cascada, no por su volumen, sino por su movimiento. Aquí hay fluidez, impulso, algo que te lleva hacia adelante sin empujarte. Tras *Promises* (2021), que exploraba las orquestaciones exuberantes y el jazz espiritual, *Cascade* vuelve a dirigir la mirada hacia el exterior: con un estilo cercano a la música de discoteca, impulsado por el ritmo, pero sin olvidar nunca el espacio que lo acoge.

Desde el primer tema («Vocoder (Club Mix)»), se percibe una gran amplitud. El ritmo es tenso; los sintetizadores se alargan; Shepherd alterna susurros distorsionados con melodías nítidas. «Key103», que toma su nombre de una emisora de Manchester de su pasado, suena como un hogar: nostálgico pero sin lastre, familiar pero sorprendente. Hay temas que impactan con urgencia —«Fast Forward», «Afflecks Palace»—, mientras que otros, como «Del Oro», ofrecen interludios tranquilos, momentos para respirar. El álbum no sigue la lógica de una sesión de DJ; no se trata simplemente de picos y valles. Se parece más a la marea: se retira, vuelve, evoluciona.

Lo que distingue a Cascade es su interacción entre el cuerpo y la mente. Algunas canciones están pensadas para aprovechar la energía de la pista de baile; otras, para ese destello que se siente en el pecho cuando un acorde florece de forma inesperada. La producción es minuciosa. La batería es precisa donde debe serlo y resplandeciente donde puede permitirse respirar. El trabajo con el sintetizador modular es atrevido; pequeños fragmentos melódicos parpadean como estrellas vistas a través de la bruma urbana. Se aprecia la influencia de su trabajo anterior —las texturas ambientales, la gravedad del jazz—, pero aquí Shepherd parece más dispuesto a dejar que el ritmo ocupe su espacio, a permitir que la duración de los temas y la lógica del compás dicten su forma.

En el contexto de un bar de música, «Cascade» se percibe como el álbum puente: aquel que consigue que la gente pase de la charla al baile sin perder la intimidad. Es energía sin agresividad. Es diseño sonoro con visión de la pista de baile. Si lo escuchas en unos buenos altavoces, notarás que sus líneas de bajo nunca resultan abrumadoras, que los agudos se mantienen vivos sin sibilancias y que el campo estéreo es lo suficientemente amplio como para que las campanas, los sintetizadores, la voz y las muestras de campo puedan respirar.

Cascade también transmite un sentido de lugar: sus raíces en Mánchester, los guiños a emisoras de radio como Key103, el diseño visual con colaboradores como Akiko Nakayama. Es consciente de su geografía. Cuando Shepherd dice «Afflecks Palace», se refiere a algo más que a una referencia interna. Se perciben los contornos de la ciudad en las oscilaciones, en la forma en que se prolonga una melodía, en la mezcla de crudeza y resplandor. Esa sensación de entorno es poco común. Convierte a Cascade en algo más que un álbum electrónico; lo convierte en un mapa, en un recuerdo, en un pulso.

Por qué merece un lugar en la estantería de música: porque demuestra que la música electrónica puede ser a la vez contundente y susurrante. Abarca todo el espectro: textura, ritmo, melodía, nostalgia e innovación. Está a la altura del jazz, del soul y de la música ambiental. Aporta otra perspectiva desde la que escuchar el presente.

Al llegar a la última canción, sientes que algo ha cambiado: tu pie sigue el ritmo, tu corazón se alegra o, tal vez, simplemente tu estado de ánimo pasa de la conversación a la contemplación. «Cascade» no te obliga a bailar; te invita a escuchar, a moverte, a sentir. Y ahí reside su fuerza.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o haz clic aquí para seguir leyendo.

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