Geogaddi – Boards of Canada (2002)

Geogaddi – Boards of Canada (2002)

Por Rafi Mercer

Lo bello e inquietante

Hay una extraña calidez en «Geogaddi», de esas que no reconfortan, sino que te persiguen. Publicado en 2002 por Warp Records, es el segundo álbum de Boards of Canada, el escurridizo dúo escocés formado por los hermanos Mike Sandison y Marcus Eoin. A la primera escucha, suena nostálgico: todo ese silbido de cinta, sintetizadores descoloridos por el sol y melodías frágiles. Pero si sigues escuchándolo, surge algo más profundo: una inquietud silenciosa, como cuando miras una fotografía antigua durante demasiado tiempo y te das cuenta de que hay algo que no cuadra del todo.

Mientras que su álbum debut, *Music Has the Right to Children* (1998), captaba la inocencia del recuerdo, *Geogaddi* explora lo que ocurre cuando la memoria se desvanece. Es un álbum sobre patrones y distorsiones, sobre el momento en que la calidez se vuelve inquietante. Creado a partir de sintetizadores analógicos, bucles de magnetófono de bobina abierta y fragmentos de voces infantiles, da la sensación de ser un sueño que apenas se recuerda: vívido en sus detalles, pero imposible de retener.

El tema inicial, «Ready Lets Go», comienza con una voz instructiva que luego se desvanece en un ruido estático rítmico. A continuación viene «Music Is Math», un título que suena a manifiesto. Se trata de un motivo sencillo y repetitivo, construido a partir de sintetizadores desafinados y una batería entrecortada, que transmite una sensación geométrica a la vez que emotiva, como si fuera una máquina que intentara recordar lo que es sentir. El sonido es inconfundible: embriagador, analógico, humano en su imperfección.

La música de Boards of Canada siempre ha dado la sensación de haber sido grabada a través del polvo. Los hermanos estaban obsesionados con la textura: grababan en cinta, regrababan con equipos baratos y degradaban el sonido hasta que resultaba casi tangible. Geogaddi lleva esa estética al extremo. Cada tema parece envejecido, desgastado, imperfecto, como si el propio tiempo formara parte del arreglo.

«Beware the Friendly Stranger» podría ser una nana si no resultara tan inquietante. «Gyroscope» vibra como un juguete defectuoso, con sus bucles vocales girando sin cesar. «1969» se va construyendo a partir de grabaciones de campo y susurros hasta convertirse en una especie de himno pagano. Cada pieza parece estar conectada por hilos invisibles: estructuras matemáticas bajo superficies emocionales.

Pero, en medio de esa atmósfera inquietante, hay una belleza profunda. «Sunshine Recorder» resplandece con una melodía melancólica; «Dawn Chorus» irradia una luz pausada. Incluso «Julie and Candy» —con su percusión distorsionada y sus voces fantasmales— transmite una sensación de intimidad, casi de ternura. Es como si el disco documentara el residuo emocional de un mundo analógico a punto de desaparecer.

En un bar para escuchar música, «Geogaddi» es pura atmósfera. Transforma la sala no con el ritmo, sino con el tono. Los graves zumban como el sonido de las paredes al respirar, los medios brillan con el silbido de la cinta y la distorsión armónica, y los agudos parpadean como el polvo atrapado en la luz de un proyector. Si se escucha a todo volumen, es envolvente; si se escucha en voz baja, es espectral. No llena el espacio, sino que lo tiñe de color.

Esta es la esencia de Boards of Canada: la ambigüedad emocional. Sus melodías suenan familiares, como la música de los programas de televisión de la infancia o de películas educativas olvidadas. Pero dan un giro a esos sonidos lo justo para revelar la melancolía que se esconde bajo la nostalgia. Es un sentimiento que a muchos oyentes les cuesta definir: no es tristeza, ni miedo, sino una especie de conciencia de que la belleza y la fugacidad son inseparables.

Incluso la estructura del álbum refleja esa dualidad. Sus más de setenta minutos se dividen como un mandala, repletos de simetrías ocultas, referencias numerológicas y ritmos palindrómicos. Se dice que el propio título —Geogaddi — hace referencia a «dios geométrico», aunque la banda nunca lo ha confirmado. Hay una precisión casi oculta en el orden de las canciones: cada interludio es una pausa, cada distorsión es intencionada.

En aquel momento, a los críticos les costaba clasificarlo. ¿Era IDM? ¿Ambient? ¿Electrónica psicodélica? No importaba. Geogaddi no formaba parte de ningún movimiento; era un ecosistema en sí mismo. Mientras otros perfeccionaban la claridad, Boards of Canada perfeccionaban la neblina: la música como recuerdo, la producción como erosión.

Hay un hilo conductor que vincula este álbum con la tradición que comenzó con *Circles* de Adam F —esa fusión entre la sensibilidad del jazz y el ritmo electrónico—, pero *Geogaddi* se adentra hacia el interior, hacia la abstracción. Si *Timeless* de Goldie fuera la catedral y *Modus Operandi* de Photek la galería, *Geogaddi* sería el bosque que se extiende justo a las afueras: orgánico, desorientador, vivo.

Su influencia está presente en todas partes. Artistas como Tycho, Rival Consoles, Jon Hopkins y Khotin se inspiran en su «geometría emocional». Incluso la actual ola de jazz ambiental y música electrónica lo-fi debe algo a la idea de Boards of Canadade que la imperfección no es un defecto, sino una huella distintiva.

Lo más destacable es lo bien que ha resistido el paso del tiempo. Dos décadas después, sigue sonando como un mensaje del futuro que se olvidó de llegar. La calidez analógica, la degradación de la cinta, la suave disonancia… todo ello parece atemporal. En una época de sonido digital perfecto, Geogaddi nos recuerda que el oído humano anhela la imperfección.

Cuando lo pongo a altas horas de la noche —a menudo pasada la medianoche, cuando las luces del bar están apagadas y la conversación se ha convertido en susurros—, ocurre algo sutil. La gente se inclina hacia delante. El bajo se siente como la gravedad, los sintetizadores flotan en el aire como un aroma. Se produce un silencio colectivo, no impuesto, sino que surge de forma natural. Es el momento en el que escuchar se convierte en conciencia.

Y cuando empieza *And when You Could Feel the Sky* —con sus drones y sus pulsos lentos—, es como si la propia habitación exhalara. Ese es el poder de este álbum: recalibra la percepción. Empiezas a percibir la textura, la temperatura, la distancia. Te das cuenta de cuánto silencio se esconde dentro del sonido.

Al fin y al cabo, «Geogaddi» no trata de la melodía, ni del ritmo, ni siquiera de la nostalgia. Trata de la percepción: de lo que ocurre cuando se escucha con tanta atención que el mundo revela sus imperfecciones. Es un recordatorio de que la calidez y la inquietud pueden coexistir, de que la belleza puede resultar inquietante y de que la memoria nunca es tan inocente como parece.

Por eso «Geogaddi» encaja aquí: como el silencioso colofón de esta secuencia de ritmo y reflexión. Es el momento en el que la forma se desvanece y solo queda la escucha.

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