Herbie Hancock – Man-Child (1975)

Herbie Hancock – Man-Child (1975)

Por Rafi Mercer

Hay discos que definen un género y otros que, discretamente, redefinen sus límites. *Man-Child*, publicado por Herbie Hancock en 1975, pertenece a esta segunda categoría. Llegó tras *Headhunters*, cuando la fusión ya había electrificado el funk, pero *Man-Child* tomó esa energía y le dotó de una estructura: precisión, equilibrio y ritmo.

Se nota desde los primeros segundos de «Hang Up Your Hang-Ups». El ritmo es tan compacto que casi levita: el bajo de Paul Jackson empuja y tira con una sincopación astuta, la batería de Mike Clark resuena como el calor sobre el metal, y los metales se lanzan en ráfagas geométricas. Hancock no domina la sala, sino que la diseña. Su Clavinet traza ángulos en el espacio; sus sintetizadores ARP zumban como circuitos que respiran. En un buen equipo de sonido, el resultado es monumental: cada elemento suspendido en el aire, perfectamente equilibrado, perfectamente vivo.

El álbum marca el momento en que Hancock se convirtió tanto en arquitecto como en explorador. Su proyecto Headhunters ya había difuminado las fronteras entre el jazz y el funk, pero *Man-Child* perfecciona ese lenguaje. Es más limpio, más escueto y más extraño: un disco obsesionado con el ritmo como elemento de diseño. A la formación principal de los Headhunters se une un elenco de ensueño: Stevie Wonder haciendo una aparición especial con la armónica, Louis Johnson como pilar del bajo en «Hang Up» y Wah Wah Watson tejiendo líneas de guitarra fluidas que suenan como el mercurio.

Y, sin embargo, a pesar de todo el pulido de estudio, el álbum transmite humanidad. El título no es casual. «Man-Child» trata sobre la dualidad: la complejidad y el juego, la sofisticación y el instinto. Escucha «Sun Touch» y descubrirás el lado lírico de Hancock: sintetizadores que se intensifican como el amanecer, suaves acordes de Fender Rhodes que pintan de luz el horizonte. Luego pasa a «The Traitor»: funk como una escena de persecución cinematográfica, un bajo denso como la humedad, y los golpes de los metales que caen como signos de puntuación.

Lo extraordinario de esta etapa de la obra de Herbie es lo física que suena. A través de un buen sistema de reproducción —o, mejor aún, gracias a la cálida amplificación de un bar diseñado para el sonido—, uno se da cuenta de lo escultural que es. Cada frecuencia tiene cuerpo. El bajo no es una nota; es una presencia. Los medios son aterciopelados; los agudos, cristalinos. La producción es impecable, pero nunca estéril. Está viva en tres dimensiones, con ese inconfundible brillo analógico de los años setenta.

Aquí también hay humor, una actitud desenfadada que roza lo descarado. Hancock había dejado muy atrás el jazz acústico y no le importaba lo que pensaran los puristas. Estaba creando algo futurista pero lleno de sentimiento: una música que podía situarse al mismo nivel que Parliament y Weather Report, pero que, sin embargo, le pertenecía por completo.

La última canción, «Steppin’ In It», lo dice todo: un ritmo lento y sinuoso que se mueve como un paso seguro por una calle desconocida. La interacción entre la sección rítmica y los metales es como una conversación, no una competición. Se nota la confianza en cada compás.

Lo que convierte a *Man-Child* en una obra maestra no es su virtuosismo —aunque está repleto de él—, sino su equilibrio. Es un funk que se escucha a sí mismo. Hancock utiliza el silencio como si fuera puntuación, dejando que las frases respiren. El disco recompensa la paciencia: cuanto más atento se escucha, más se va revelando su estructura.

En pocas palabras, «Man-Child» es lo que ocurre cuando un pianista magistral deja de perseguir la velocidad y empieza a crear emociones. Es un estudio sobre el tono, la textura y el groove como narrativa. Medio siglo después, su ADN impregna la obra de D’Angelo, Thundercat y Flying Lotus, todos ellos herederos de la idea de Hancock de que el ritmo puede pensar y la melodía puede conmover.

Cuando suena en un bar de música con luz tenue, resulta transformador. El ambiente cambia. La gente empieza a mover la cabeza al ritmo de la música sin que nadie les dé la señal. Nadie habla durante un minuto o dos. Esa es la señal de que la música sigue teniendo poder: un funk que ha envejecido como el latón, que sigue brillando y sigue siendo sólido.

Hay discos que requieren volumen. Este requiere claridad.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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