Jimmy Cliff — «Wonderful World, Beautiful People» (1969)
«Wonderful World, Beautiful People», de Jimmy Cliff: un álbum lleno de esperanza, verdad y el brillante reggae de los primeros tiempos que resulta más vigente que nunca.
Por Rafi Mercer
Hay discos que parecen cápsulas del tiempo y hay discos que son como un soplo de aire fresco, independientemente de la década o del momento. *Wonderful World, Beautiful People* encaja perfectamente en la segunda categoría. No es una obra de época. No es nostalgia. Es Jimmy Cliff ofreciendo al mundo una especie de calidez que llega sin precauciones, sin corazas, sin necesidad de demostrar nada. Al escucharlo hoy, tras la noticia de su fallecimiento, el disco resuena con una intensidad aún mayor, como si un cantante te recordara, con delicadeza, todos esos rincones de tu interior que aún creen en la bondad.
La primera canción es pura luz del sol. Cliff canta la frase del título no como un eslogan, sino como una visión del mundo: sencilla, directa, luminosa. El arreglo es compacto: ese ritmo de reggae de los primeros tiempos que apenas empieza a cuajar, las cuerdas que se deslizan por los bordes, la sección rítmica que transmite una tranquila certeza. Nada está exagerado. Nada se hace con prisas. El optimismo se percibe como algo vivido, más que como algo artificial. En una época en la que el mundo era turbulento, Cliff se atrevió a sonar esperanzador y, al hacerlo, ofreció a los oyentes un atisbo de cómo podría ser el mundo: vívido, humano, intacto.

A medida que avanza el disco, queda claro que Cliff no escribía para evadirse; escribía para aportar claridad. Temas como «Vietnam» tienen un peso real: una canción de protesta interpretada con la voz suave de alguien que se niega a dejar que la amargura erosione su compasión. Hay una firmeza en la forma en que enmarca el sufrimiento, una comprensión de que denunciar la injusticia no requiere ira si la verdad ya está haciendo su trabajo. Ese era el don de Cliff: transmitía convicción sin hostilidad, dolor sin desesperanza, optimismo sin sentimentalismo.
«Time Will Tell» y «Hard Road to Travel» revelan las profundas raíces de su forma de componer: la manera en que era capaz de convertir la fragilidad de la vida en melodía sin restarle significado. Se percibe el paisaje jamaicano en el fraseo, la cadencia de las calles de Kingston en el ritmo, la mezcla de dificultades y humor que caracteriza en gran medida la narrativa caribeña. Pero, más allá de todo eso, se percibe sinceridad: el ingrediente más escaso en la música popular, y aquel en el que él nunca transigió.
Y luego está la voz. Jimmy Cliff cantaba como si se dirigiera directamente al oyente, cara a cara, sin distancia ni teatralidad. Cada frase es clara, redonda, sin esfuerzo. Se puede percibir la humanidad en cada nota: un sonido que siempre daba la sensación de abrirse al exterior, de tender puentes, de suavizar algo, de ofrecer algo. Incluso ahora, la textura vocal parece atemporal, ajena a las modas de cualquier década en concreto. Es una voz que no se basa en la estética, sino en el cariño.
Como experiencia auditiva, el álbum resulta sorprendentemente coherente. Los arreglos se entrelazan entre sí; las historias fluyen; el ritmo tiene esa vitalidad propia del reggae de los primeros tiempos que te hace relajar los hombros incluso cuando la letra es profunda. Es el tipo de disco que puedes poner mientras cocinas, mientras viajas, mientras descansas o mientras recuerdas. Más que un simple objeto, es un compañero.
Hoy, escuchar «Wonderful World, Beautiful People» me parece un acto de gratitud. El álbum nos recuerda la claridad que Cliff aportó al mundo, una claridad que no se basa en la perfección, sino en la compasión. En cada tema hay una invitación: a ver la belleza a pesar de las fracturas, a mantener la mente abierta a pesar de las dificultades, a seguir adelante a pesar de los muchos ríos que aún quedan por cruzar.
Jimmy Cliff cantó en su día sobre el mundo que esperaba encontrar. Al escucharlo ahora, queda claro que él ayudó a construirlo: una canción, una verdad, un oyente tras otro.
Un álbum precioso de un alma preciosa.
Y un mundo mejor gracias a que él cantaba.
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Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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