Julianna Barwick – Nepenthe (2013)

Julianna Barwick – Nepenthe (2013)

Por Rafi Mercer

Una sola voz flota en el aire, con un efecto de retardo que la superpone hasta convertirse en muchas voces a la vez: un coro que surge de una sola garganta. No hay palabras, solo sílabas que se alargan hasta convertirse en puro sonido. Las armonías florecen como la luz a través de unas vidrieras, suspendidas, luminosas, infinitas. Se trata de *Nepenthe*, de Julianna Barwick, publicado en 2013, un disco de devoción sin palabras y atmósfera radiante. Escucharlo es entrar en una catedral construida no con piedra, sino con aliento.

Barwick, criada en Luisiana y profundamente arraigada en las tradiciones corales del canto eclesiástico, encontró su voz no a través de las letras, sino mediante bucles. Mediante pedales y procesadores, multiplica su voz para crear vastas arquitecturas armónicas. Para cuando salió «Nepenthe» —su tercer álbum de larga duración—, ya había refinado ese enfoque hasta convertirlo en algo a la vez íntimo y monumental. El álbum se grabó en Reikiavik, Islandia, con el productor Alex Somers (colaborador habitual de Sigur Rós), y el lugar se percibe en cada nota: glacial, espacioso, elemental.

El tema inicial, «Offing», comienza con voces lejanas, como un coro que se oye al otro lado del agua. Poco a poco, las texturas van cobrando fuerza: capas vocales, un piano sutil, cuerdas tenues. Da más la sensación de ser una invocación que una canción. A continuación viene «The Harbinger», cuyas armonías suben y bajan en oleadas, delicadas pero inmensas. «One Half», lo más parecido a un sencillo, introduce una letra propiamente dicha —«Supongo que estaba dormido…»—, pero incluso aquí las palabras se disuelven rápidamente en el sonido, quedando el significado en un segundo plano frente a la textura.

«Look Into Your Own Mind» y «Crystal Lake» amplían esa atmósfera, con voces que se repiten sin fin, cuerdas que se deslizan en segundo plano y ritmos más insinuados que explícitos. La canción que da título al álbum, «Nepenthe», es de una belleza casi insoportable, con armonías suspendidas en la quietud, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. El álbum se cierra con «Waving to You», una pieza breve e íntima que parece una despedida: una única vela que parpadea tras el apagarse de las luces de la catedral.

Lo que hace que Nepenthe sea extraordinario es su enfoque de la voz como instrumento, no como portadora de la narrativa, sino como generadora de espacio. Barwick elimina el ego de las letras, la afirmación de la personalidad, y ofrece en su lugar una presencia pura. Su sonido es generoso, inclusivo y profundamente acogedor. Cualquiera puede sumergirse en él. Mujeres y hombres, oyentes experimentados o recién llegados, quienes conocen la tradición coral o quienes no la conocen: todos se ven envueltos por ella. Es una música que acoge, más que una que instruye.

El contexto cultural es revelador. Lanzado en una época de ruido y distracciones constantes, *Nepenthe* ofrecía una quietud radical. Se comparó con pioneros del ambient como Brian Eno y con paisajes oníricos islandeses como los de Sigur Rós, aunque su voz era inconfundiblemente la de Barwick. Los críticos lo aclamaron como devocional, sagrado y sanador. No estaba vinculado a ninguna religión, pero evocaba lo espiritual a través del puro sonido.

En vinilo, el disco es sublime. El crujido de la superficie se funde con las texturas etéreas, la calidez amplifica la resonancia de las voces y el acto físico de dar la vuelta al disco refleja la paciencia de la música. La portada, abstracta y luminosa, captura la sensación de una luz que se desliza. Bajar la aguja es abrir un espacio: tu habitación se convierte en una capilla, tu escucha se convierte en un ritual.

Lo que perdura de «Nepenthe» es su humanidad. A pesar de toda su grandeza, nunca resulta distante. Se percibe el aliento en la voz de Barwick, la fragilidad que se esconde tras las capas, lo humano en el corazón de la catedral. Es monumental, pero también tierno. Demuestra que la música puede ser a la vez vasta e íntima, cósmica y personal, y nos recuerda que la lentitud y la presencia son actos de cariño.

Escucharla hoy es sumergirse en ese cuidado. Las voces se elevan, las armonías resplandecen, el espacio se expande. Respiras de otra manera. Te sientes arropado. Y te das cuenta de que, a veces, el acto más radical de escuchar no es el análisis ni la crítica, sino la rendición.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete, o haz clic aquí para seguir leyendo.

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