Kabsha – Idris Muhammad (1980)
El peso del tambor
Por Rafi Mercer
Toda colección necesita un recordatorio de dónde nace el ritmo. Por muchas atmósferas y texturas que llenen un local de música, siempre hay un momento en el que la atención vuelve a lo fundamental: la batería, el pulso, la insistencia del tiempo mismo. «Kabsha», de Idris Muhammad, publicado en 1980, es ese recordatorio. Es un disco despojado de todo glamour, grabado rápidamente, casi de forma casual, pero que transmite la autoridad de un hombre que hizo del ritmo su lenguaje. Y es este lenguaje, del que se hace eco décadas más tarde un tema como «Loud Places» de Jamie xx, el que demuestra lo profundo que sigue siendo el legado de Muhammad.
En 1980, Idris Muhammad ya era todo un veterano. Había tocado R&B en su juventud, grabado discos de soul-jazz para Prestige en la década de los 70, creado los ritmos de deep-funk de *Power of Soul* y *Turn This Mutha Out*, y colaborado con artistas de todo tipo, desde Lou Donaldson hasta Pharoah Sanders. Sin embargo, *Kabsha* llegó sin grandes alardes. Grabado en Nueva York con un pequeño grupo —George Coleman al saxofón tenor, Pharoah Sanders como invitado, Ron Carter al bajo y Hugh Lawson al piano—, fue esencialmente una sesión improvisada, sin pretensiones, directa. Muhammad mantuvo el enfoque de la sesión: estándares, blues, un par de temas originales, el tipo de repertorio que vivía y respiraba a través del ritmo.
La canción que da título al álbum, «Kabsha», marca el tono. Un platillo de ride nítido, las escobillas que se mueven con rapidez, el redoble seco de la caja… Muhammad nunca resulta abrumador, pero tampoco cede ni un ápice. Su forma de tocar es coloquial, animando a los solistas a seguir adelante y marcando los cambios en la melodía con autoridad. «I’m Getting Sentimental Over You» se desarrolla como una balada, pero incluso aquí se nota su presencia: no en el volumen, sino en la ubicación, en la forma en que marca el ritmo de la sala. «Gingerbread Boy» tiene un swing con un empuje crudo, con los metales trazando líneas nítidas contra la propulsión ondulante del baterista. «Little Feet» y «Loran’s Dance» se adentran en el groove y la atmósfera, demostrando que Muhammad podía ser tanto el pilar como el que aportaba el color.
Lo que destaca en todo el álbum es el equilibrio entre libertad y fuerza. No se trata del funk pulido de *Turn This Mutha Out*, ni de la refinada producción de CTI de sus sesiones de los años 70. Se trata de jazz reducido a lo esencial: los metales, el ritmo y el espacio. Sin embargo, la batería de Muhammad conserva las mismas cualidades que hicieron que sus grooves fueran tan apreciados por las generaciones posteriores: claridad, fuerza y tenacidad. Incluso en un contexto de jazz «straight-ahead», se perciben las semillas de lo que algún día sería sampleado, repetido en bucle y reinterpretado en la música electrónica.
Ahí es donde reside la referencia cruzada. Cuando Jamie xx incorporó «Could Heaven Ever Be Like This», de Idris Muhammad, a «Loud Places», no se limitó a tomar prestado un estribillo. Se adentró en el lenguaje rítmico que Muhammad había estado forjando desde el principio: la sensación de que la batería podía transmitir tanto impulso como atmósfera, de que el ritmo en sí mismo podía ser emotivo. Al escuchar a Kabsha, uno se da cuenta de que el mismo ADN corre por las venas de ambos. Los ritmos de Jamie se repiten en bucle de forma electrónica; las baquetas de Muhammad golpean el parche y el metal. Sin embargo, la implacabilidad, la inevitabilidad del groove, es la misma.
En la sección de audición, Kabsha toca con una presencia sorprendente. La grabación es cruda —se oyen los ruidos de la sala, la respiración, el roce de las baquetas—, pero en un buen equipo de sonido, esa intimidad se convierte en su punto fuerte. El bajo resuena, la caja retumba y los platillos brillan en el aire. Da la sensación de que no es tanto un disco como un concierto en directo que se desarrolla ante ti. El bar se deja llevar por el ritmo, las conversaciones se van apagando y los cuerpos se balancean sutilmente al compás del platillo ride.
Desde el punto de vista cultural, Kabsha se sitúa en un momento de transición. El auge del jazz-funk de los años 70 estaba llegando a su fin; la escena loft experimentaba con formas más libres. Muhammad, siempre adaptable, se movía con soltura entre estos mundos. Era capaz tanto de animar una pista de baile funk como de liderar un cuarteto de jazz tradicional. Esa adaptabilidad es lo que hizo que su obra fuera tan propicia para ser redescubierta por DJ y productores décadas más tarde. Sus ritmos no estaban limitados a una época concreta: eran elementales.
Volver ahora a Kabsha es recordar que el ritmo tiene su propia arquitectura. Muhammad no decora; construye. Cada golpe es una viga, cada relleno una puerta, cada patrón de platillos ride una pared que da forma a la estancia. El placer culpable no reside en su oscuridad, sino en su sencillez: un disco modesto que esconde un poder extraordinario.
Y así queda claro el hilo conductor. Desde *Kabsha* en 1980 hasta *In Colour* en 2015, el lenguaje de la batería de Idris Muhammad se mantiene constante. Ya sea acústico o electrónico, en directo o sampleado, el principio es el mismo: el ritmo como base, el ritmo como atmósfera, el ritmo como emoción. Por eso su obra sigue teniendo cabida en la colección, y por eso un álbum modesto como *Kabsha* sigue siendo capaz de transformar una sala.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete o haz clic aquí.