Kieran Hebden y Steve Reid – Tongues (2007)

Kieran Hebden y Steve Reid – Tongues (2007)

Por Rafi Mercer

Todo comienza con un pulso: tambores de mano que avanzan con ímpetu, inquietos, llenos de vida. A continuación, aparece un fragmento de piano, girando en círculos, refractado a través de la electrónica. Poco a poco, el espacio se va llenando: capas de ritmo, bucles melódicos, texturas que se construyen y se disuelven. Se trata de *Tongues*, publicado en 2007, la tercera colaboración entre el productor Kieran Hebden (más conocido como Four Tet) y el baterista de jazz Steve Reid. Es un disco que parece más una conversación grabada que un álbum de estudio: dos músicos de generaciones diferentes improvisando juntos, encontrando un lenguaje común en el ritmo y la textura.

La combinación en sí misma era extraordinaria. Reid era un baterista veterano, nacido en el Bronx en 1944, que había tocado con John Coltrane, Miles Davis, Fela Kuti, James Brown y Sun Ra. Su forma de tocar la batería reflejaba décadas de historia —jazz, funk, afrobeat, soul— todo ello destilado en un estilo distintivo y enérgico. Hebden, por el contrario, era una figura del underground electrónico, conocido por mezclar samples de folk, ritmos de hip-hop y texturas glitch bajo el nombre de Four Tet. Cuando comenzaron a colaborar en 2005, parecía improbable. Sin embargo, lo que surgió fue extraordinario: una fusión que no era fusión en el sentido tradicional, sino un diálogo —improvisado, exploratorio, vivo—.

«Tongues» plasma su colaboración en pleno apogeo. La canción que da título al álbum comienza con una percusión insistente, con los polirritmos de Reid avanzando con fuerza, mientras que Hebden superpone bucles y fragmentos por encima. El efecto es hipnótico: un trance construido a partir de la potencia acústica y la repetición electrónica. «Our Time» ralentiza el ritmo, con un groove más relajado y texturas más ambientales, aunque sigue anclada en el pulso constante de Reid.

«Guinea» hace un guiño explícito a la influencia africana, con su incesante ritmo de tambores y sus sonidos electrónicos que brillan como ondas de calor. «People Be Happy» es más juguetona, con Hebden cortando samples en ráfagas percusivas y Reid respondiendo con ligereza y swing. «Rhythm Dance» hace honor a su título: pura propulsión, impulsada por la batería de Reid, con los loops de Hebden creando capas de polirritmia.

Lo que hace que Tongues resulte tan cautivador es su espontaneidad. Aquí nada parece guionizado ni pulido. Se trata de tomas en directo, improvisaciones prolongadas, captadas en el momento. El ordenador portátil de Hebden no se utiliza para buscar la perfección, sino para interactuar: crear bucles, refractar, responder en tiempo real. La batería de Reid no es un acompañamiento, sino una voz en igualdad de condiciones: impulsa, desafía, conversa. El resultado es una música que parece a la vez antigua y futurista, arraigada en la tradición y sin límites en cuanto a posibilidades.

Desde el punto de vista cultural, el álbum se sitúa en la encrucijada entre el renacimiento del jazz y la experimentación electrónica. A mediados de la década de 2000, la música electrónica solía asociarse con la precisión, la secuenciación y el control. Hebden y Reid rompieron con ese paradigma, demostrando que los ordenadores portátiles podían improvisar junto a la batería y que las máquinas podían ser tan espontáneas como los seres humanos. Al mismo tiempo, recordaron al público del jazz la apertura de este género: su capacidad para acoger nuevas herramientas, nuevas voces y nuevas generaciones.

Al escucharlo hoy, «Tongues» se percibe como una invitación. No exige conocimientos previos de jazz ni de música electrónica. Sus ritmos son inmediatos, su energía contagiosa. Tanto mujeres como hombres, ya sean oyentes experimentados o curiosos recién llegados, pueden sumergirse en su atmósfera. Su carácter inclusivo radica en su informalidad: es menos un monumento que una conversación, menos una conferencia que una jam session. No se te pide que analices, sino que te unas, que te muevas, que escuches.

En vinilo, la presencia física del disco es impresionante. La batería de Reid resuena con fuerza, y cada golpe de caja retumba en la habitación. Los bucles de Hebden brillan, con su textura realzada por la calidez analógica. El carácter improvisado de la música encaja a la perfección con el crujido de la superficie: la imperfección se convierte en parte del diálogo, y lo fortuito, en parte de la textura. La portada, abstracta y colorida, refleja la energía y la interacción de la música.

Lo que perdura de *Tongues* es su vitalidad. Reid falleció tan solo tres años después, en 2010, lo que hace que estas grabaciones sean aún más valiosas. Capturan a un maestro de la batería en diálogo con un artista más joven, ambos aprendiendo el uno del otro, ambos ampliando los límites de lo que la música puede ser. Hay generosidad en cada ritmo, apertura en cada intercambio. Demuestra que el mero hecho de escuchar es en sí mismo una colaboración, que la música, en su máxima expresión, es una conversación que trasciende el tiempo, la tradición y la tecnología.

Escuchar «Tongues» ahora es ser testigo de cómo continúa esa conversación. La batería avanza con fuerza. Los bucles brillan. El ritmo persiste. Y tú, como oyente, te conviertes en un tercer participante: testigo, compañero, colaborador.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete, o haz clic aquí para seguir leyendo.

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