Laraaji – Day of Radiance (1980)

Laraaji – Day of Radiance (1980)

Por Rafi Mercer

Hay un brillo en la primera nota, un resplandor que da la sensación de que la luz del sol se ha quedado atrapada en una cuerda. El sonido es el de una cítara, pero transformado: golpeado, punteado, dejado vibrar hasta convertirse en halos metálicos. *Day of Radiance*, de Laraaji, no es un disco de melodías o canciones convencionales; es un documento de la luz convertida en sonido. Publicado en 1980 como parte de la serie «Ambient» de Brian Eno, destaca entre sus compañeros. Mientras que *Music for Airports* de Eno y *Plateaux of Mirror* de Budd flotan en una suspensión silenciosa, la obra de Laraaji resplandece con intensidad rítmica. Se trata de música ambiental como resplandor, no como retraimiento.

Laraaji, cuyo nombre real es Edward Larry Gordon, se había formado como pianista y había estudiado composición antes de descubrir el autoharp. Al electrificarlo y reajustar su afinación, creó un instrumento a la vez familiar y totalmente nuevo: una cítara capaz de producir cascadas de armónicos, una resonancia infinita y un brillo celestial. Cuando Eno lo conoció —según se cuenta, tocando en la calle con su instrumento en Washington Square Park—, Laraaji ya había comenzado a explorar su potencial meditativo. Con *Day of Radiance*, Eno le brindó una plataforma, y el resultado sigue siendo una de las obras más singulares de la música ambiental.

El álbum se divide en dos partes. La cara A, «The Dance #1–#3», es rítmica, palpitante, casi hipnótica. Laraaji golpea las cuerdas rápidamente, creando patrones que brillan y se superponen. El efecto es a la vez extático y sereno: una cascada de tonos que parece bailar sin moverse, moverse sin cambiar. La repetición no es mecánica, sino orgánica; cada golpe es ligeramente diferente y cada armónico se combina de formas nuevas. Es una música que se resiste a ser contada, pero que resulta precisa; una música que envuelve al oyente en un entramado de sonido.

La cara B, «Meditation #1–#2», ralentiza el ritmo de forma espectacular. Aquí se deja que la cítara resuene, con notas que se prolongan en largas estelas de resonancia. El ambiente pasa de ser extático a contemplativo. Mientras que la primera cara irradia hacia fuera como la luz del sol, la segunda se vuelve hacia dentro, brillando como brasas. El contraste es fundamental: «Day of Radiance» no trata simplemente del brillo, sino del espectro de la luz, desde el resplandor cegador hasta la tranquila calidez.

Lo que hace que este disco sea extraordinario es su carácter físico. La interpretación de Laraaji no es una simple textura de fondo; es un acto corporal, en el que los dedos golpean las cuerdas con velocidad y fuerza. Se puede percibir el esfuerzo en las cascadas, la tensión en los ritmos. Y, sin embargo, el efecto es trascendente. Lo físico se convierte en espiritual, lo mecánico se vuelve radiante. Esta tensión es la que da fuerza a la música. Se basa en el tacto, pero va más allá.

El álbum también redefine lo que puede significar el «ambient». Con demasiada frecuencia, el «ambient» se equipara con la quietud, con un sonido que se desvanece en el fondo. Laraaji demuestra que el «ambient» también puede ser activo, energizante y lleno de movimiento. Sus cascadas no exigen atención, pero alteran la percepción. El tiempo parece elástico. Los minutos se alargan, se contraen, se disuelven. El oyente se ve arrastrado a un flujo, un estado en el que el ritmo se vuelve atemporal.

Desde el punto de vista cultural, *Day of Radiance* ha alcanzado reconocimiento como una obra fundamental de la música espiritual y meditativa. Mucho antes de que términos como «bienestar» y «baños de sonido» entraran en el vocabulario popular, Laraaji ya creaba música pensada para la presencia, para los estados alterados de conciencia, para lo que él mismo solía describir como alegría. Sin embargo, nunca resulta empalagosa ni superficial. La alegría que aquí se transmite se ha ganado a pulso, y se basa en la repetición, la disciplina y la devoción.

Al escucharlo hoy, el disco no ha perdido nada de su esplendor. De hecho, resulta contemporáneo en aspectos que Eno no podría haber previsto. Su combinación de repetición, armónicos y un flujo hipnótico resuena con el minimalismo electrónico, con la música new age, con el drone e incluso con ciertas corrientes del techno. Sin embargo, a diferencia de los géneros impulsados por máquinas, *Day of Radiance* nunca oculta la mano del intérprete. Su humanidad se percibe en cada pulsación de las cuerdas.

En vinilo, el efecto se intensifica. La calidez de la reproducción analógica suaviza el brillo, fundiendo los matices en una bruma dorada. El gesto físico de dar la vuelta al disco para pasar de «Dance» a «Meditation» resalta el cambio de estado, del resplandor exterior al brillo interior. Se trata menos de un álbum que de un ritual, un ciclo de energía que refleja el propio transcurso del día, desde el mediodía hasta el atardecer.

Describir *Day of Radiance* implica, inevitablemente, recurrir a metáforas relacionadas con la luz: rayos de sol, reflejos, brasas. Pero quizá la descripción más acertada sea más sencilla. Es una música que hace que una habitación parezca más viva, más despierta, más llena de presencia. Pide poco al oyente, pero le da mucho a cambio. Si la pones por la mañana, el día parece más luminoso; si la pones por la noche, la habitación parece más cálida. No es una vía de escape, sino una iluminación.

Laraaji seguiría grabando de forma prolífica, a menudo con una intención espiritual o meditativa, hasta convertirse en una especie de figura de culto. Sin embargo, *Day of Radiance* sigue siendo su obra más emblemática, el disco en el que su voz única encontró su forma perfecta. Es a la vez específico —una cítara, una hora de música— y universal, un análogo sonoro de la propia luz. Pocos álbumes logran esa alquimia.

Al fin y al cabo, «Day of Radiance» no trata de aeropuertos, ni de espejos, ni de lugares en absoluto. Trata del simple hecho de que el sonido puede brillar, de que la vibración puede transmitir calidez, de que el mero hecho de escuchar puede ser en sí mismo radiante.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete, o haz clic aquí para seguir leyendo.

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