Nina Simone – Pastel Blues (1965)

Nina Simone – Pastel Blues (1965)

Por Rafi Mercer

Los acordes de piano llegan como pasos, deliberados y sin prisas. Entonces entra la voz de Nina Simone: grave, imponente, con un tono acerado. No es el sonido de alguien que pide que le escuchen. Es el sonido de alguien que da por hecho que le van a escuchar. *Pastel Blues*, publicado en 1965, es uno de los álbumes más conmovedores de Simone: un disco que desentraña el blues hasta su esencia, donde cada nota lleva el peso de la experiencia vivida.

El título es engañoso. Estas interpretaciones no tienen nada de «pastel». Son atrevidas, intensas y, en ocasiones, casi insoportables por su intensidad. A lo largo de diez temas, Simone recorre clásicos del gospel, el folk y el blues, pero los transforma por completo. No son versiones, sino enfrentamientos; sus interpretaciones están cargadas de una sensación de inevitabilidad. Una vez que las escuchas así, es difícil imaginarlas de otra manera.

La primera canción, «Be My Husband», es austera. Solo la voz de Simone, acompañada de palmas y una pandereta que toca su marido, Andy Stroud. Canta la súplica como si fuera una orden, dando la vuelta a los roles de género tradicionales. Su voz es a la vez íntima e inquebrantable, sensual y feroz. Es una invocación del deseo, pero también una reescritura del poder.

A continuación, «Tell Me More and More and Then Some» nos envuelve con un swing sensual, en el que Simone se entrega al fraseo con una mezcla de humor y melancolía. «Trouble in Mind», un clásico del blues, se convierte en algo totalmente suyo: su piano es firme y su voz alarga la melodía hasta que resuena con resignación. «Chilly Winds Don’t Blow» transmite la calidez del gospel, un himno a la resiliencia.

Sin embargo, la pieza central es «Sinnerman». Con más de diez minutos de duración, es épica e implacable. El piano de Simone retumba con la furia del gospel, su voz se eleva en oleadas, repitiendo la frase del título hasta que se convierte en un conjuro. La canción va creciendo y creciendo, con un diálogo que resuena como una congregación, y la percusión se intensifica hasta que el oyente se ve arrastrado a su vórtice. No es solo una interpretación; es un ritual. Pocas grabaciones de la música popular transmiten un poder tan crudo y directo.

Por otra parte, «End of the Line» es frágil y tierna, y nos recuerda que Simone podía ser tan vulnerable como feroz. «Nobody Knows You When You’re Down and Out» no se canta con resignación, sino con una sabiduría irónica, y su interpretación equilibra el humor y el lamento. El álbum se cierra con «Strange Fruit», la desgarradora canción contra el linchamiento que popularizó por primera vez Billie Holiday. La versión de Simone es cruda, inquebrantable, con sus acordes de piano resonando como campanas fúnebres. Su voz es controlada, casi contenida, pero esa contención hace que el horror resulte aún más palpable.

Lo que hace que «Pastel Blues» sea tan extraordinario es la capacidad de Simone para conciliar contradicciones. Su voz es a la vez hermosa y áspera; sus interpretaciones, fieles y revolucionarias. Consigue que el blues parezca menos un género y más una condición: un estado del ser, una forma de sobrevivir. Aquí no hay nada superfluo. Cada nota tiene un propósito, cada silencio tiene su peso.

En 1965, el lanzamiento del álbum revestía una urgencia especial. El Movimiento por los Derechos Civiles estaba en su apogeo y la propia Simone se mostraba cada vez más abierta en su activismo. Aunque Pastel Blues no incluye canciones de protesta explícitas (con la excepción de «Strange Fruit»), su tono es, en sí mismo, político. Escuchar a una mujer negra cantar con tanta autoridad, tanto desafío y tanto dominio era, en sí mismo, un acto radical.

Al escucharlo hoy, el álbum no ha perdido nada de su fuerza. Si acaso, ha cobrado aún más resonancia. En una cultura musical que a menudo se suaviza hasta alcanzar la perfección, la crudeza de Simone resulta estimulante, necesaria. Exige una escucha pausada, una escucha atenta. No son temas para poner de fondo de forma casual. Son interpretaciones con las que hay que sentarse, a las que hay que enfrentarse, que te transforman.

Para las mujeres, en particular, *Pastel Blues* tiene una carga especial. Simone reclama su espacio, redefine el deseo y se resiste a las expectativas. Su presencia es rotunda, su autoridad incuestionable. Abre la puerta no por invitación, sino por insistencia, y al hacerlo, hace posible que otras personas la crucen. También para los hombres, el álbum es revelador: una oportunidad para escuchar cómo se expresa el poder de otra manera, para aprender de una voz que no se suaviza en busca de aprobación.

En vinilo, la intensidad se acentúa. La calidez analógica no logra suavizar el piano de Simone, que resuena como un martillo sobre hierro. El crujido de la superficie no hace más que aumentar la intimidad, como si estuvieras sentado en la misma habitación que ella, con el aire vibrando de tensión. La portada, en la que Simone mira de reojo, medio en sombra, plasma esa dualidad: vulnerable, vigilante, indomable.

Casi sesenta años después, *Pastel Blues* sigue siendo un referente. No porque sea fácil de escuchar, sino precisamente porque no lo es. Su belleza reside en lo exigente que resulta. Nina Simone nos pide no solo que la escuchemos, sino que reflexionemos sobre lo que canta: el peso de la historia, la persistencia del sufrimiento, el fuego de la resistencia, la ternura de la supervivencia. Es una música que sacude muros, corazones y certezas.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete, o haz clic aquí para seguir leyendo.

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