Omer Klein — «Personal Belongings» (2019)

Omer Klein — «Personal Belongings» (2019)

Por Rafi Mercer

Hay discos de jazz que te impresionan de inmediato, y luego están aquellos que se toman su tiempo. «Personal Belongings» pertenece sin duda a este segundo grupo. No se hace notar. No alza la voz. Simplemente abre una puerta y confía en que, si te apetece escucharlo de verdad, entrarás.

Omer Klein siempre me ha parecido un pianista que entiende el peso —no el peso de la técnica, sino el peso de la elección—. En este disco, cada nota da la sensación de haber sido elegida, más que tocada. Se oye cómo los dedos tocan las teclas, pero, lo que es más importante, se percibe la decisión de dejar que el espacio haga parte del trabajo. Este es un jazz que sabe que el silencio no es ausencia, sino estructura.

La configuración del trío es fundamental. El bajo y la batería no se quedan detrás del piano, sino que tocan junto a él. Se percibe constantemente una sensación de escucha mutua, como si cada músico adaptara su respiración a la de los demás. Los tempos varían suavemente. Los ritmos se inclinan y se recuperan. Nada es rígido, nada es apresurado. La música fluye tal y como fluye el pensamiento cuando uno se deja llevar.

Lo que me encanta de «Personal Belongings» es lo discreto que es, sin llegar nunca a ser modesto. Klein sabe tocar a la perfección —eso nunca se pone en duda—, pero el virtuosismo no es lo importante aquí. Lo importante es el estado de ánimo, el recuerdo y el tono. Estas piezas parecen más objetos emocionales que composiciones: cosas que se llevan de un lugar a otro, se sacan con cuidado y luego se vuelven a guardar.

En esta música hay rastros de un lugar —insinuaciones de formas melódicas de Oriente Medio, un cierto fraseo que parece arraigado más que académico—, pero nunca se destacan. Klein no hace referencia a sus influencias; deja que afloren de forma natural. Es la cultura como instinto, no como declaración de identidad. Esa moderación es lo que confiere al álbum su discreta autoridad.

Desde el punto de vista sonoro, este es un disco para escuchar con atención. En un buen equipo de sonido, el piano tiene una presencia física real. Se percibe el cuerpo del instrumento, el aire que lo rodea y el decaimiento de las notas a medida que se difuminan en la sala. La grabación no elimina la textura, sino que la conserva. Es una música que se disfruta mejor en la quietud: a última hora de la tarde, con luz tenue y sin nada más que distraiga la atención.

Con el paso del tiempo, lo que se me queda grabado no es una sola melodía o un momento concreto, sino la sensación que me transmite el álbum en su conjunto. Tiene un carácter equilibrado: es tranquilo sin ser pasivo, reflexivo sin resultar pesado. En un mundo en el que tanta música se impone con fuerza, «Personal Belongings» se conforma con acompañarte.

Este es jazz para quienes no necesitan que el jazz demuestre nada. Un disco que entiende que la madurez, tanto en la música como en la vida, suele llegar cuando dejas de intentar llenar cada espacio… y empiezas a confiar en los que dejas abiertos.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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