Oneohtrix Point Never – Replica (2011)
Por Rafi Mercer
Una muestra vocal recortada se entrecorta, se repite y se fragmenta antes de disolverse en una oleada de acordes de sintetizador que resultan a la vez exuberantes e inquietantes. Así comienza *Replica*, un álbum que parece flotar en el espacio liminal entre la memoria y el glitch. Publicado en 2011, supuso un punto de inflexión para Daniel Lopatin, el artista afincado en Brooklyn que graba bajo el nombre de Oneohtrix Point Never. Mientras que sus trabajos anteriores consistían en gran medida en drones sintéticos abstractos, *Replica* aportó un nuevo vocabulario: bucles y fragmentos extraídos de antiguos anuncios de televisión, refractados a través de capas de procesamiento electrónico, hasta que lo familiar se volvió fantasmal. El resultado es un disco que resulta a la vez nostálgico e inquietante, como escuchar ecos de un pasado que no acabas de ubicar.
El tema inicial, «Andro», marca la pauta con su collage de voces sampleadas, fragmentadas al ritmo de la música. «Power of Persuasion» se construye sobre un bucle que recuerda al piano y que se transforma inquietantemente bajo nubes de distorsión, con una belleza que se va erosionando incluso mientras brilla. «Sleep Dealer» late con figuras repetitivas, un groove hipnótico que se ve socavado por repentinas intrusiones de ruido. «Replica», la canción que da título al álbum, es quizás la más inquietante: una lenta acumulación de fragmentos vocales y capas de sintetizador, en la que la voz humana queda reducida a una textura y la melodía es frágil y se desvanece. A lo largo de todo el álbum, el enfoque de Lopatin no consiste en pulir, sino en dejar al descubierto las costuras, en permitir que los cortes y los fallos técnicos sigan siendo audibles, para revelar la fragilidad del sonido en sí mismo.
Lo que hace que «Replica» resulte tan cautivadora es la forma en que capta la inestabilidad de la memoria. El uso de muestras de anuncios de televisión de los años 80 y 90 no es irónico, sino arqueológico. Lopatin desentierra estos fragmentos no por su carácter kitsch, sino por su residuo de familiaridad, su capacidad para despertar el reconocimiento sin llegar a una resolución. Una melodía publicitaria que apenas se recuerda, un acorde distorsionado, una frase repetida hasta convertirse en un sinsentido… Juntos crean una atmósfera que resulta a la vez íntima y ajena. Es una música que se percibe como personal, pero que se resiste a la narrativa, como si fuera la banda sonora de sueños que apenas se recuerdan al despertar.
En vinilo, las texturas adquieren calidez y profundidad. Los glitches se perciben de forma casi táctil, los sintetizadores resultan expansivos y los bucles, resonantes. La superficie analógica suaviza los contornos digitales, lo que hace que el álbum resulte menos frío y más envolvente. Cuando se reproduce en un bar de música, «Replica» tiene un poder extraño. Silencia la sala, no con belleza en el sentido convencional, sino con atmósfera. La gente escucha con más atención, las conversaciones se detienen, como si todos se vieran envueltos en la misma niebla de recuerdos. No es un disco para el espectáculo, sino para la introspección, para esos momentos en los que la noche se inclina hacia la reflexión.
En el contexto más amplio de la carrera de Lopatin, *Replica* supuso un punto de inflexión. Allanó el camino para obras posteriores como *R Plus Seven* y *Garden of Delete*, así como para su posterior papel como productor y colaborador de artistas que van desde FKA twigs hasta The Weeknd. Sin embargo, sigue siendo único por su crudeza y su disposición a dejar entrever la fragilidad. Es un álbum que no pretende resolver ni complacer, sino perdurar, inquietar.
Más de una década después, «Replica» sigue pareciendo una obra profética. Su uso de samples fragmentados se adelantó en gran medida a la fascinación de la música electrónica contemporánea por la nostalgia y la decadencia. Su equilibrio entre belleza e inquietud sigue resonando, recordándonos que escuchar no siempre tiene que ver con la claridad, sino con la textura, con la atmósfera, con lo que perdura en los márgenes. Al colocar la aguja, te adentras en un espacio donde la memoria parpadea, donde el sonido resulta a la vez familiar y extraño, donde el mero acto de escuchar se convierte en una exploración.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o haz clic aquí.