Petit Biscuit — Presence (2017)
«Presence», el álbum electrónico de Petit Biscuit, es un trabajo espacioso y evocador que combina sintetizadores suaves, ritmos con textura y melodías luminosas, y ofrece paisajes sonoros tranquilos y envolventes, ideales para las primeras horas de la mañana, las últimas de la noche y para una escucha atenta.
Por Rafi Mercer
Hay álbumes que no llegan con fuerza, sino que se van filtrando poco a poco. «Presence» es uno de ellos: un disco electrónico que se comporta como el tiempo. Suave en los bordes, luminoso en su centro, creado para esos momentos en los que el mundo se desvanece y necesitas música que se sienta como la respiración. Suelo volver a escucharlo por las mañanas, cuando los pensamientos surgen lentamente pero con claridad, cuando la habitación aún está tomando forma. Hay algo en su estructura —una especie de aerodinámica emocional— que te permite dejarte llevar y concentrarte al mismo tiempo.
Mehdi Benjelloun, el productor franco-marroquí que se esconde tras el nombre de Petit Biscuit, apenas había salido de la adolescencia cuando compuso *Presence*. Y, sin embargo, el álbum transmite la serenidad de alguien que entiende que la música electrónica no se reduce al ritmo, sino que tiene que ver con la atmósfera. Estas canciones se expanden y se contraen como las mareas. Crean un espacio. Dejan que el silencio haga parte del trabajo.

«Creation Comes Alive», el primer compás del álbum, lo capta al instante. Las voces se entrelazan unas con otras como farolillos sobre el agua, iluminadas pero nunca del todo alcanzables. Los ritmos llegan nítidos, sin prisas, casi corteses. Es música electrónica sin el brillo de los neones: más propia de la orilla del mar que de una discoteca. Puedes escucharla a las 7 de la mañana o a medianoche y te acompañará exactamente allí donde estés.
Pero la esencia de *Presence* reside en su claridad emocional. Temas como «Waterfall» y «Problems» tienen esa cualidad poco común de ser a la vez ligeros y envolventes: el equivalente sonoro de la luz del sol entrando a raudales en una habitación fresca. Incluso los momentos más intensos del álbum transmiten una sensación de amplitud. No hay presión, ni urgencia, ni exigencia de que te adaptes a su ritmo. Tiene la seguridad necesaria para avanzar sin insistir en que lo sigas.
Y luego está «Forever Being». Un tema que se mueve entre la nostalgia y el estado onírico, con ese brillo melancólico propio de los artistas que entienden cómo funciona la memoria a través del sonido. Petit Biscuit superpone los sintetizadores como capas de pensamiento, no para abrumar, sino para revelar esa sensación de estar a la deriva, en suspenso, que todos reconocemos pero que rara vez logramos expresar con palabras.
Escuchar «Presence» es como sumergirse en un silencio perfectamente diseñado. Es música creada para quienes prefieren la intención al impacto. Para aquellos que saben que el verdadero lujo es el control: la capacidad de dar forma a un momento con solo elegir la frecuencia adecuada.
También es el tipo de disco que te hace replantearte el diseño, el espacio y cómo una estancia capta el sonido. Su producción tiene una claridad tal que hace que cualquier buen equipo de sonido parezca sonreír. Es el álbum al que suelo recurrir cuando estoy reflexionando sobre ideas: el lujo de escuchar, la arquitectura de los altavoces, el significado del sonido como símbolo de estatus. Petit Biscuit compone música que comprende la vida interior. *Presence* nos recuerda que la calma puede ser expresiva y que la suavidad no es la ausencia de fuerza, sino una forma diferente de ella.
Al fin y al cabo, «Presence» no es un álbum para escuchar a todo volumen. Es un álbum que hay que dejar que se asiente. Una obra de minimalismo electrónico moderno que transmite una verdad emocional con una madurez sorprendente. Un disco para esas mañanas en las que hay que animar el día. Un compañero ideal para ese tipo de reflexión que intenta dar sentido al verdadero significado del lujo.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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