Pharoah Sanders – Karma (1969)

Pharoah Sanders – Karma (1969)

Por Rafi Mercer

Resuena un gong, profundo y resonante, y luego surge un único tema en el saxofón: urgente, inquisitivo, crudo. El bajo le sigue, firme como un mantra, mientras que la percusión salpica como chispas. Las voces se unen en un canto: «El Creador tiene un plan maestro…». Desde los primeros instantes, *Karma*, de Pharoah Sanders, se proclama no solo como un disco de jazz, sino como una declaración espiritual. Publicado en 1969, sigue siendo una de las obras más emblemáticas del llamado movimiento del «jazz espiritual»: un disco que insiste en que la música puede ser oración, meditación, protesta y liberación, todo a la vez.

Sanders se había dado a conocer a mediados de la década de 1960 tocando con John Coltrane durante la etapa más experimental de este último. El sonido de su saxofón —ardiente, exagerado, extático— contribuyó a llevar a las últimas formaciones de Coltrane al ámbito de lo cósmico. Pero cuando Sanders grabó *Karma*, se adentró en su propia visión. Aquí, su fuego se equilibra con el canto, su furia con la ternura, su improvisación con la estructura. El resultado es una obra a la vez expansiva y centrada, salvaje y serena.

La pieza central es la suite de 32 minutos «The Creator Has a Master Plan». Construida en torno a una sencilla figura de bajo y un vamp modal, se desarrolla en oleadas. El saxofón tenor de Sanders lleva la voz cantante, alternando entre lo lírico y lo explosivo. La voz de Leon Thomas actúa como ancla, entonando la frase del título con una convicción terrenal, para luego pasar a sus característicos yodels —un sonido que resulta a la vez antiguo y futurista—. La pieza sube y baja, a veces furiosa, a veces serena, volviendo siempre a su mantra.

Al escucharla, uno tiene menos la sensación de estar escuchando una composición que de estar participando en un ritual. La repetición es fundamental: la línea de bajo, el canto, la persistencia similar a un zumbido. Es una música concebida no para un consumo rápido, sino para la inmersión. El ritmo se convierte en un vehículo que transporta al oyente a través de fases de intensidad y liberación. Con su duración y su paciencia, propone una forma diferente de escuchar, una que valora la resistencia, la apertura y la entrega.

La cara B nos ofrece «Colors», una pieza más breve pero no por ello menos profunda. Thomas entona un himno a la belleza y la diversidad: «Los colores del sonido, los colores del amor…». El saxofón de Sanders es lírico, tierno, casi delicado en comparación con el fuego de la cara A. Es un recordatorio de que su arte abarcaba no solo el grito extático, sino también la suave caricia. Las dos canciones juntas forman un ciclo: la intensidad equilibrada por la serenidad, la protesta por la afirmación, el fuego por el agua.

El contexto cultural de *Karma* es fundamental. Estrenada a finales de la década de 1960, en plena época de agitación política, asesinatos y guerra, encarnaba la búsqueda de la trascendencia que animaba gran parte de los movimientos Black Arts y Black Power. Era una visión de la liberación no solo política, sino también espiritual. La insistencia en un «plan maestro» era a la vez consuelo y resistencia: un rechazo a dejarse aplastar por la opresión, una declaración de que existía un sentido más allá del caos.

Sin embargo, lo que hace que Karma sea extraordinario es su carácter inclusivo. La música es exigente —32 minutos de improvisación modal no son algo que se pueda escuchar de pasada—, pero su espíritu es acogedor. El mantra es sencillo, el ritmo constante y la intención clara. No hace falta ser un experto en jazz para adentrarse en ella. Solo hay que escuchar con paciencia. La música se encarga del resto.

Tanto para mujeres como para hombres, para recién llegados o para aficionados al jazz de toda la vida, este disco abre las puertas a todo el mundo. Su energía es colectiva, no individual. Se puede imaginar tanto en un salón como en un templo, tanto en un equipo de sonido como en una sala de conciertos. No excluye a nadie; une a la gente. Esa capacidad de unión es lo que lo hace perdurable.

En vinilo, el disco resulta especialmente impactante. El tema «Creator», que ocupa toda una cara, llena la habitación, y sus surcos sumergen al oyente en su ritual. La calidez analógica se adapta a la perfección al saxofón de Sanders, cuyo tono es granuloso, con textura y lleno de vida. El ruido de fondo se funde con los drones y los cánticos, como si el propio disco formara parte de la ceremonia.

Más de cincuenta años después, «Karma» sigue siendo un disco imprescindible. Ha inspirado a generaciones de músicos, desde los impulsores del renacimiento del jazz espiritual hasta artistas contemporáneos como Kamasi Washington. Su influencia se puede apreciar allá donde la música busca la trascendencia a través de la repetición, el groove y la improvisación. Pero su poder no reside solo en su influencia, sino en la experiencia. Escuchar «Karma» es dejarse llevar por su flujo, dejarse transportar a través del fuego y la paz, y salir transformado.

A menudo se describía a Pharoah Sanders como «el discípulo de Coltrane», pero *Karma* demuestra que era mucho más: un profeta por derecho propio, una voz de liberación, un sonido de devoción. Su saxofón no se limita a tocar; da testimonio. Y aquí, en este disco, su testimonio se convierte en algo colectivo, compartido, un ritual al que cualquiera puede sumarse.

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