Pink Floyd – The Dark Side of the Moon (1973)

Pink Floyd – The Dark Side of the Moon (1973)

Por Rafi Mercer

El latido del corazón es el primer sonido que se oye, resonando a través de los altavoces como si la propia sala hubiera desarrollado un sistema circulatorio. «The Dark Side of the Moon», de Pink Floyd The Dark Side of the Moon no solo es uno de los álbumes más famosos de la historia, sino también una de las pruebas más duraderas para los sistemas de sonido. Lanzado en 1973, sigue siendo un clásico en las tiendas de alta fidelidad, los bares de audición y los salones, precisamente porque es a la vez música e ingeniería: un mundo sonoro meticulosamente construido en el que cada detalle importa.

La producción de Alan Parsons convirtió los estudios Abbey Road en un laboratorio. El álbum está repleto de experimentos espaciales: relojes que dan las horas a lo largo del campo estéreo en «Time», voces que aparecen y desaparecen de la mezcla, la voz de Clare Torry en «The Great Gig in the Sky», que se eleva sin palabras y se expande en una reverberación similar a la de una catedral. La banda entrelazó la instrumentación rockera con bucles de cinta, sintetizadores analógicos y grabaciones de campo para crear algo envolvente, cinematográfico y inquietantemente humano.

En vinilo, el álbum se revela como una obra arquitectónica. El bajo de «Money» avanza con una articulación nítida, mientras los samples de la caja registradora resuenan con estrépito por todos los canales. Los solos de guitarra de David Gilmour están grabados con una claridad sorprendente, mientras que los teclados de Richard Wright envuelven todo el espectro con calidez. Un sistema que no puede contener Dark Side revelará sus debilidades al instante; un sistema que sí pueda hacerlo ofrecerá una experiencia colectiva que roza lo trascendental.

Cuando se escucha en un bar especializado, se convierte en un ritual. La portada con el prisma es emblemática, pero es el sonido en sí mismo el que desvía la luz hacia el espacio. Basta con colocar la aguja para que la sala se vea inmersa en un continuo en el que el rock, el arte y la ingeniería se funden en uno solo.

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