Susana Baca — Retablo (1997)

Susana Baca — Retablo (1997)

Por Rafi Mercer

Hay álbumes que se anuncian a bombo y platillo, y otros que esperan. «Retablo» pertenece sin duda a esta última categoría. No llega con fuerza ni reclama atención. Abre una pequeña puerta y la deja entreabierta, confiando en que el oyente adecuado se fije en él.

Lanzado en 1997, «Retablo» se inscribe discretamente en la tradición afroperuana, aunque, de alguna manera, se distingue de ella. El disco toma su nombre de la caja devocional andina —un altar privado, a menudo hecho a mano, que se lleva de un lugar a otro—. Esa metáfora es acertada. Este álbum no es un escenario. Es una habitación.

Desde los primeros instantes, el ritmo lo dice todo. Aquí nada se hace con prisas. La guitarra, el cajón y la voz se mueven con deliberación, como si cada parte esperara permiso antes de entrar. Los arreglos dan la sensación de estar más «colocados» que «compuestos». Los sonidos se sitúan con cuidado y luego se dejan existir sin interferencias. Se oye el aire que los rodea. Se oye la sala.

La voz de Susana Baca es el eje en torno al cual gira todo. Es tranquila sin resultar distante, expresiva sin llegar a ser agresiva. Canta como si se dirigiera a una sola persona, no a un público. Su fraseo respeta el silencio; deja que las frases terminen de forma natural, permitiendo que la emoción se asiente en lugar de insistir en su liberación. Hay una autoridad en esa moderación: la confianza de quien no necesita alzar la voz para hacerse oír.

El trabajo con la guitarra es fundamental para la claridad emocional del álbum. Nunca compite con la línea vocal, nunca decora innecesariamente. Los acordes son abiertos, los ritmos se insinúan más que se marcan. Se oyen los dedos sobre las cuerdas, la madera del instrumento resonando suavemente. Da la sensación de ser menos un acompañamiento y más una conversación: una segunda voz que sabe cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Luego está el cajón. Tocada con las manos sobre una sencilla caja de madera, esta instrumento da solidez a la música sin llegar a imponerse nunca. Los tonos graves brotan suavemente desde el centro, los golpes más ligeros articulan los bordes y, con la misma frecuencia, el ritmo se insinúa en lugar de marcarse de forma explícita. El efecto es íntimo y humano. No te sientes arrastrado por el compás, sino envuelto por él.

Lo que Retablo hace tan bien es resistirse a la tentación de explicarse a sí mismo. En el momento de su lanzamiento, la música afroperuana empezaba a atraer una mayor atención internacional; sin embargo, este disco nunca expone su identidad ante un oyente ajeno. No hay ninguna capa de traducción, ni se suavizan los contornos para facilitar el acceso. Aquí, la tradición no se presenta como patrimonio, sino que se trata como un material vivo, aún capaz de transmitir complejidad, dolor, alegría y dignidad sin necesidad de comentarios.

Las decisiones de producción refuerzan esta ética. No hay nada excesivamente retocado. Los niveles suenan naturales. Se percibe más la cercanía que el pulido. Suena como si los músicos tocaran unos para otros, no para un mercado. Esa sensación de escucha mutua es la fuerza silenciosa del álbum. Cada parte responde con naturalidad. Nadie ocupa más espacio del necesario.

Desde el punto de vista emocional, «Retablo» tiene una intensidad especial. No se trata de música que distraiga o entretenga en el sentido convencional. Exige la presencia del oyente. Los temas de la memoria, la identidad y la resistencia están implícitos en el tono, en lugar de expresarse de forma explícita. El álbum entiende que algunas historias se transmiten mejor de forma indirecta: se sienten, en lugar de explicarse.

Para un oyente acostumbrado al volumen, al espectáculo o a la velocidad, «Retablo» puede resultar desconcertante. No ofrece ganchos en el sentido habitual. Lo que ofrece, en cambio, es confianza. Confianza en que te quedarás el tiempo suficiente para apreciar los detalles. Confianza en que la quietud puede tener tanto poder como la intensidad.

Por eso este disco perdura. Casi tres décadas después, «Retablo» sigue sonando actual, no porque suene moderno, sino porque rechaza la prisa. En una cultura que premia la inmediatez, este álbum avanza al ritmo de la respiración y la atención. Nos recuerda que escuchar no es algo pasivo. Es una forma de respeto.

«Retablo » no pide que lo admiren. Pide que lo tengan cerca.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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