The The — Ensoulment (2024)

The The — Ensoulment (2024)

Un regreso muy esperado, marcado por la madurez, la lucidez y la serena solemnidad de la experiencia vivida.

Por Rafi Mercer

Hay álbumes que dan la sensación de ser un nuevo comienzo, y hay otros que llegan como si llevaran años gestándose en la oscuridad. «Ensoulment» pertenece a esta segunda categoría. Cuando The The reapareció tras casi un cuarto de siglo sin sacar un nuevo álbum de estudio, no lo hizo con fanfarria ni con una reinvención. Lo hizo con algo más tranquilo, más antiguo y más meditado: el sonido de un autor que ha vivido lo suficiente como para ver cómo el mundo se tambalea, se estabiliza y vuelve a tambalearse, y que por fin ha encontrado el momento adecuado para expresarse.

Desde los primeros compases, el disco transmite una sensación de vida. No está interpretado, ni producido, sino que está lleno de vida. Matt Johnson siempre ha compuesto con la seriedad de un filósofo y el instinto de un poeta callejero, pero aquí la voz es diferente. Tiene un peso que no es teatral: un barítono grave y pulido, desgastado por el tiempo de la mejor manera posible. Es el sonido de alguien que ha llevado consigo sus preguntas el tiempo suficiente como para que estas pierdan su arista y ganen algo más: gravedad.

Las texturas cuentan su propia historia. Una batería que se mantiene cerca del pecho. Líneas de bajo que caminan en lugar de pavonearse. Metales que parecen señales procedentes de otra habitación. Y, bajo todo ello, esos teclados —eléctricos, acústicos, a veces poco más que una bruma armónica— que constituyen el nexo emocional del disco. Nada da la sensación de estar hecho con prisas. Nada intenta impresionar. Todo avanza como guiado por una especie de tempo moral, lo suficientemente lento como para dejar que la idea cale, lo suficientemente firme como para mantener la canción en pie.

Lo que más destaca es la claridad de intención. Este no es un álbum que busque un momento o un titular. Es una recopilación de reflexiones: sobre la verdad y la ilusión, sobre el amor y la soledad, sobre la mortalidad, sobre la extraña pesadez del mundo moderno. Johnson ya no oculta estas preguntas tras metáforas; las plantea con sencillez, casi con ternura. «¿Adónde vamos cuando morimos?» no se plantea como una reflexión filosófica. Se canta como una pregunta formulada alrededor de la mesa de la cocina en la quietud de la noche. «Some Days I Drink My Coffee by the Grave of William Blake» no es una provocación. Es el retrato de alguien que intenta mantenerse conectado con un legado espiritual en una cultura que valora más el ruido que el significado.

También hay una corriente política, pero discurre de forma diferente a como lo hacía en los primeros años del grupo. La ira sigue ahí, pero está atenuada por la tristeza, por el cansancio, por la conciencia de lo profundas que son ahora las raíces del problema. Estas canciones no gritan. Observan. Trazan líneas. Catalogan los costes humanos. Johnson parece menos interesado en señalar a los villanos y más en preguntarse cómo un alma se mantiene intacta mientras navega por el mundo que esos villanos ayudaron a crear.

Si se escucha en las condiciones adecuadas —luz del atardecer, una habitación tranquila, un equipo de sonido que priorice el tono frente a los agudos—, «Ensoulment» se desarrolla como una conversación pausada. La banda respira con él. Los instrumentos aparecen y desaparecen, no por puro efecto, sino porque la canción los necesita en ese preciso momento. Hay una generosidad en los arreglos, una confianza en el silencio, una negativa a llenar cada rincón. El disco entiende que el espacio puede transmitir emoción con la misma eficacia que el sonido.

Lo que perdura tras la última canción no es la instrumentación ni siquiera los temas, sino la sensación de compañerismo. Johnson no sermonea, ni diagnostica, ni se pone en plan grandilocuente. Simplemente comparte la perspectiva desde la que se encuentra: la de un hombre que ahora es mayor, un hombre que ha visto cómo el mundo se retorcía hasta adoptar formas que nunca habría podido imaginar en los años 80, un hombre que sigue creyendo que la música puede abarcar toda la complejidad del ser humano. El dolor, el humor, el desánimo, la esperanza obstinada… todo está ahí.

«Ensoulment» no es un regreso. Es una continuación. Una respiración profunda tras una frase muy larga. Un recordatorio de que la madurez en la música no tiene que ver con la suavidad ni con la resignación, sino con la perspectiva. El valor de hablar con franqueza. La disciplina de dejar espacio. La sabiduría de permitir que una canción refleje su edad.

Y eso es lo que lo hace tan silenciosamente poderoso: es un disco que pide que se le escuche como hablan las personas mayores cuando confían en ti: despacio, con franqueza, sabiendo que no todas las verdades tienen por qué ir envueltas en florituras. Algunas verdades solo necesitan una voz dispuesta a transmitirlas.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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