Uyama Hiroto — Un hijo del sol (2008)
El silencioso continuo de una amistad transmitida a través del sonido.
Por Rafi Mercer
Hay álbumes que parecen destinos y hay álbumes que parecen un regreso. *A Son of the Sun* pertenece a esta última categoría, no porque sea nostálgico, sino porque transmite la calidez inconfundible de un mundo que, de alguna manera, ya conoces. Cuando salió a la luz en 2008, llegó como un suave eco de algo que la comunidad musical mundial había estado lamentando sin reconocerlo del todo: el silencio que dejó Nujabes. Uyama Hiroto, su colaborador más cercano y, en muchos sentidos, su espejo más silencioso, abordó la tarea no como un discípulo que intentaba llenar un vacío, sino como un amigo que seguía el rastro de la luz que aún permanecía allí.
Escuchar este álbum es como sumergirse en el recuerdo de un domingo que nunca llegó a terminar del todo. La batería se toca con escobillas en lugar de golpearla, los acordes se alargan como las sombras de la tarde, y el saxofón de Hiroto —tierno, casi ingrávido— parece menos un instrumento solista y más un suspiro. Es un álbum basado en la moderación: sin alardes, sin espectacularidad, sin búsqueda de un «momento». Hiroto compone en largos arcos. Cada nota es paciente. A cada frase se le permite florecer plenamente. Es el tipo de disco que no reclama atención, sino que te ofrece su presencia.

Lo que hace que *A Son of the Sun* resulte tan conmovedor es su sentido de la continuidad. No se trata de imitación, sino de linaje. Hiroto y Nujabes compartían la idea de cómo el jazz podía entretejerse con el hip-hop sin forzamientos ni efectismos. Y, sin embargo, mientras que Nujabes se inclinaba por la cadencia emocional del piano y la introspección lírica, Hiroto se decantaba por el mundo natural: la sensación de un recodo de río en «81summer», la ligereza que trae el viento en «Ribbon in the Sea» y el pulso firme de «Stratus». No se trata tanto de temas como de pequeños sistemas meteorológicos, cada uno con su propia humedad, su propio horizonte.
Si escuchas este álbum en una habitación tranquila, la geometría del espacio cambia. Las esquinas se suavizan. Los contornos se difuminan. Empiezas a oír cómo la habitación respira contigo, un fenómeno que siempre he considerado el sello distintivo de un disco verdaderamente íntimo. Música que no solo llena una habitación, sino que le da redondez.
En los años transcurridos desde su lanzamiento, *A Son of the Sun* se ha convertido en una de esas raras obras que los oyentes no consideran un descubrimiento, sino un ritual. Es el disco que pones en ese momento en el que el día por fin ha aflojado su agarre. Es el disco al que recurres cuando necesitas recomponerte. Y, para muchos de los que descubrieron primero a Nujabes, es el disco que, de forma silenciosa y suave, demostró que el legado no terminaba con un solo hombre, sino que la sensibilidad que él cultivó podía ser continuada por alguien que comprendiera su centro de gravedad.
Uyama Hiroto no intentó recrear lo que se había perdido. Simplemente continuó la conversación.
Y por eso «A Son of the Sun » sigue pareciendo una obra viva.
Preguntas rápidas
¿Qué sensaciones transmite este álbum?
Un viaje lento y cálido, como bañado por el sol: con toques de jazz, contemplativo y emocionalmente ligero.
¿Dónde debería escucharlo?
A última hora de la tarde, con las ventanas entreabiertas, una luz tenue y la habitación tan silenciosa que se pueda apreciar la textura de cada pincelada.
¿Por qué es importante?
Porque amplía el universo emocional que los oyentes descubrieron en Nujabes, demostrando que la calidez, la paciencia y la discreta maestría pueden definir un género.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o haz clic aquí.