Yasuaki Shimizu – Kakashi (1982)
Por Rafi Mercer
El primer sonido es un saxofón, pero no tal y como uno se lo imagina. No se pavonea, no ruge, no lleva a cuestas el legado de la historia del jazz. En cambio, flota, recortado y procesado, moviéndose por la mezcla como una figura que se vislumbra en un sueño. Se trata de *Kakashi*, de Yasuaki Shimizu, publicado en 1982: un disco que se sitúa entre dos mundos: el jazz y el minimalismo, el pop y la música experimental, la alegría y el rigor. Sigue siendo uno de esos álbumes que, una vez descubiertos, dan la sensación de que siempre han estado ahí, esperando en silencio, justo al margen del canon.
Shimizu, saxofonista, compositor y productor japonés, ya era conocido por su versatilidad. Era capaz de tocar bebop, hacer arreglos pop y componer para anuncios. Pero con «Kakashi», creó algo más insólito y perdurable: una colección de piezas que difuminan las fronteras entre géneros sin perder la ligereza de su toque. El álbum es sofisticado sin pretensiones, experimental sin ser excluyente. Es una música que te invita a entrar —seas quien seas, sepas lo que sepas— y solo te pide que escuches con atención.
El título, «Kakashi», significa «espantapájaros» en japonés, y hay algo que encaja perfectamente con esa imagen: una figura solitaria de pie en un campo, a la vez divertida e inquietante, corriente y, sin embargo, misteriosa. El disco comparte esa cualidad. A primera vista resulta familiar —líneas de saxofón, texturas de sintetizador, ritmos que se inclinan hacia el funk o el pop minimalista—. Sin embargo, sus arreglos son desequilibrados, su lógica ligeramente sesgada. Nunca te sientes del todo en terreno firme, y esa inestabilidad se convierte en su encanto.
Tomemos como ejemplo «Suiren», el tema inicial. Sobre un fondo de sonidos electrónicos y percusión, el saxofón de Shimizu se desliza como el humo, sin asentarse nunca en una melodía fija. El ritmo es constante pero discreto, creando espacio más que impulso. Resulta meditativo a la vez que juguetón, como si una jam session se hubiera ralentizado a la mitad de su velocidad y se hubiera refractado a través de un prisma. Luego está «Kakashi», la canción que da título al álbum, en la que el saxofón conversa consigo mismo en líneas superpuestas, con voces extrañas que se entrecruzan por todo el campo estéreo. El ambiente es caprichoso, pero nunca superficial.
Por otra parte, «Umi No Ue No Piano» presenta una figura de piano sencilla y repetitiva, sobre la que las texturas brillan y se disuelven. «Kono Yo Ni Yomeri #1» y «#2» suenan como bocetos, fragmentos de pensamiento que se resisten a la estructura convencional de una canción. «Semitori No Hi» se vuelve más oscura, más melancólica, con el saxofón adoptando tonos que rozan lo electrónico. A lo largo de todo el álbum se percibe una sensación de collage, de piezas ensambladas a partir de diferentes vocabularios, pero todas unificadas por la sensibilidad curiosa e inquieta de Shimizu.
Parte del atractivo del disco reside en su producción. Shimizu utiliza el estudio no como un espacio neutro, sino como un instrumento, superponiendo sonidos, procesando tonos y modificando los instrumentos acústicos hasta que parecen sintéticos. El saxofón ocupa un lugar central, aunque a menudo se disfraza y se transforma. En ocasiones, parece menos un instrumento de viento que una voz, una máquina o, simplemente, un aliento que se desplaza por el espacio. El efecto es a la vez íntimo y misterioso, acogedor y desorientador.
Al escucharlo hoy, lo que más llama la atención es lo contemporáneo que suena. La fusión de lo acústico y lo electrónico, el uso de la repetición y la estructura minimalista, el rechazo lúdico de los géneros… Todo ello anticipa corrientes posteriores del ambient, el pop experimental e incluso ciertas vertientes de la música electrónica de baile. Sin embargo, Kakashi no pertenece ni a su época ni a la nuestra; se sitúa en un punto intermedio, sin ataduras. Esa atemporalidad explica su estatus de disco de culto entre los coleccionistas y su redescubrimiento por parte de las nuevas generaciones.
Lo que hace que este disco resulte especialmente atractivo es su atmósfera. A diferencia de algunos álbumes experimentales, que pueden resultar austeros o intimidantes, Kakashi transmite calidez. Su rareza es juguetona, su abstracción generosa. Es música que podrías poner en un bar tranquilo y observar cómo los diferentes oyentes encuentran su propia forma de adentrarse en ella: unos atraídos por el ritmo, otros por las texturas y otros por la pura peculiaridad del sonido. Es música que no pone barreras, que no exige conocimientos especializados, sino que recompensa la curiosidad.
Para las mujeres que se adentran en lo que a menudo puede parecer un mundo cerrado y marcado por la masculinidad, como es el del coleccionismo de discos, este álbum es como una puerta abierta. Demuestra que lo extraño puede resultar acogedor, que la experimentación no tiene por qué ser hostil y que escuchar con calma y atención no consiste en demostrar conocimientos, sino en compartir el descubrimiento. La voz de Shimizu —a través del saxofón y de los arreglos— es juguetona, coloquial y acogedora.
En vinilo, la atmósfera del disco se intensifica. La calidez de la reproducción analógica suaviza los contornos, fusionando los sonidos electrónicos y el saxofón en un único tejido sonoro. El leve crujido entre las pistas no hace más que reforzar la sensación de presencia, como si estas piezas misteriosas se estuvieran desarrollando en tu habitación, solo para ti. No es un disco para escuchar con prisas. Es un disco para dejarse llevar, para dejar que impregne el ambiente.
«Kakashi» se ha convertido en uno de esos álbumes que pasan de mano en mano, que se recomiendan en voz baja y que se descubren con deleite. Su desconocimiento durante muchos años no hizo más que aumentar su atractivo, pero ahora que está más al alcance de todos, su verdadera naturaleza queda clara: no es una joya oculta, sino un compañero imprescindible. Demuestra cómo escuchar música puede ser a la vez una aventura y una experiencia apacible, tanto exploratoria como acogedora.
El espantapájaros de Yasuaki Shimizu no es una advertencia, sino una invitación. A hacer una pausa. A adentrarse en un campo sonoro. A percibir lo extraño sin miedo. A escuchar sin prisas. Ese es el regalo que nos ofrece *Kakashi*: un álbum que nos enseña que la aventura sonora no tiene por qué ser agresiva, sino que puede ser lúdica, generosa y pausada.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete, o haz clic aquí para seguir leyendo.