Un origen a la antigua usanza

Un origen a la antigua usanza

Por Rafi Mercer

Si alguna vez me conoces —me conoces de verdad—, lo más probable es que tenga un Old Fashioned en la mano. No porque esté de moda, ni porque sea raro, ni porque sea complicado. Todo lo contrario. Es una bebida basada en la sencillez: whisky, azúcar, amargo, hielo y esa única rodaja de naranja que lo cambia todo. Su brillo. Su aroma. La forma en que la luz se refleja en la copa. Es la calma en un vaso.

Ya he tomado Old Fashioneds en tantas ciudades que se han convertido en una especie de brújula. Tokio, Londres, Estocolmo, Marrakech… Cada uno es ligeramente diferente, pero siempre me resulta familiar. En cierto modo, es mi bebida de siempre. Lo que me ayuda a recargar pilas esté donde esté, lo que marca el comienzo de otra noche de escucha.

Hay toda una disciplina en hacerlo bien. El ritual es importante: el movimiento lento al remover, el peso frío del vaso, los pequeños movimientos deliberados. Es el mismo ritmo que cuando pones un disco. No hay que precipitarse. Hay que escuchar mientras se va preparando. No se mide con reglas, sino con intuición.

Lo que más me gusta es que el Old Fashioned, al igual que la escucha profunda, recompensa la atención. El primer sorbo es intenso, un recordatorio de que la paciencia tiene poder. Luego, los sabores se van desplegando, capa a capa, del mismo modo que un buen disco se va revelando tras unos minutos de silencio y expectación. Ese toque de aceite de naranja es como una línea de metales o una escalada de piano: brillante, inesperado, perfectamente situado.

Es la bebida que marca el ambiente allá donde voy. Antes de entrar en un bar de música, antes de que empiece a sonar un disco, incluso antes de abrir la boca… ese es el momento en el que me detengo, contemplo el local y dejo que todo lo demás se ralentice.

Además, tiene algo de universal. Cada camarero lo interpreta a su manera, igual que cada DJ crea su propio estilo musical. Algunos se decantan por lo dulce, otros por lo ahumado y otros por un estilo casi ascético. Pero la esencia siempre está ahí, como una progresión de acordes muy conocida. No pasa de moda, sino que se adapta.

Quizá por eso he llegado a considerarlo como un compañero de escucha. Me da seguridad. Me recuerda que hay que hacer una pausa. Me recuerda que el arte no necesita complejidad, solo esmero. Un Old Fashioned no se toma con prisas: hay que escucharlo.

Así que brindemos por esa bebida que me ha acompañado por todo el mundo. Por el aroma a naranja en la penumbra, el suave tintineo del hielo, ese breve instante antes de que comience la conversación. Cada ciudad tiene su propia versión. Cada noche, su trago.

Para mí, no es solo un cóctel. Es una señal. Una señal de que estoy en el lugar adecuado, lista para escuchar lo que el mundo tiene que decir a continuación.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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