Los diez whiskies que no pueden faltar en tu mueble de cócteles

Los diez whiskies que no pueden faltar en tu mueble de cócteles

Diez botellas que conforman la estantería de cócteles perfecta: versátiles, con carácter y que cobran vida en la copa.

Por Rafi Mercer

No todos los whiskies están pensados para formar parte de un cóctel. Algunos están destinados a beberse solos, con paciencia y sin interrupciones. Otros —atrevidos, vivos y versátiles— cobran vida cuando se remueven, se agitan o se alargan. El arte de surtir un mueble de cócteles no tiene que ver con el prestigio, sino con la personalidad: encontrar whiskies que combinen bien con otros, que mantengan su carácter en compañía de cítricos, vermú, azúcar o especias.

Aquí tienes diez whiskies a los que siempre recurro cuando me apetece preparar cócteles; cada uno de ellos ha sido elegido no por su rareza, sino por su impacto: botellas que tienen presencia en la copa y te invitan a mezclarlas sin dudarlo.

1. Bulleit Bourbon — La columna vertebral
Un bourbon con alto contenido en centeno, de sabor intenso y especiado, el Bulleit está hecho para los cócteles. En un Old Fashioned, su toque de canela y clavo contrarresta el azúcar; en un Manhattan, su carácter mantiene a raya al vermú. Es la botella que lo sustenta todo, aquella a la que se recurre cuando empieza la noche. Una vez lo serví en casa mientras sonaba «Song for My Father», de Horace Silver: el mismo equilibrio entre swing y estructura, tanto en la música como en la bebida.

2. Buffalo Trace — The Everyman
Suave y redondo, con notas de caramelo y vainilla en su corazón, el Buffalo Trace es un bourbon que reconforta tanto como impresiona. Un Whisky Sour con este bourbon como ingrediente principal es como una buena sesión en el Blue Note: familiar, accesible, pero nunca aburrido. Es el whisky que les ofrezco a mis amigos que se inician en el mundo de los cócteles, de esos que te hacen sentir como en casa.

3. Rittenhouse Rye — The Sharp Edge
El whisky de centeno era la base original del Manhattan, y Rittenhouse sigue marcando la pauta. Intenso, picante y ligeramente austero, aporta carácter a cualquier cóctel agitado. Viértelo en una copa de cóctel junto con vermut dulce y amargos, y sentirás el bullicio de la ciudad bajo la copa. Rittenhouse es el saxo tenor de Dexter Gordon: rico, insistente, con ímpetu.

4. Wild Turkey 101 — El caballo de batalla
Hay una honestidad ruda en el Wild Turkey. Con 101 proof, destaca en cualquier cóctel, con la fuerza suficiente para abrirse paso entre el hielo, el sirope o los cítricos. Lo he probado en juleps en las tardes calurosas, en Old Fashioneds en invierno, y siempre está a la altura. Es el caballo de batalla de la licorera, la línea de bajo constante bajo cualquier melodía.

5. Whisky irlandés Jameson — The Bridge
Accesible, ligero, con un dulzor a cereales que se presta muy bien a alargar el trago. En un highball con soda, el Jameson es insuperable: fresco, brillante, sin complicaciones. También queda de maravilla en un sour, donde su suavidad resuena como una batería tocada con baquetas de fieltro de fondo. El whisky irlandés suele quedar al margen de las conversaciones sobre cócteles, pero el Jameson te recuerda por qué tiene su lugar.

6. Monkey Shoulder — The Modern Blend
. Un whisky de malta mezclado, creado para combinar. Monkey Shoulder se diseñó prácticamente para los bármanes, y eso se nota. En un Rob Roy aporta la suavidad típica de Speyside; en un whisky con ginger ale brilla con calidez. Divertido, versátil, un whisky que conoce su papel y lo disfruta. Me recuerda a «Places and Spaces» de Donald Byrd: ritmo, maestría, estilo.

7. Glenmorangie Original — El «Highland Light»
Los whiskies de malta no siempre son fáciles de combinar en cócteles, pero el Glenmorangie de 10 años tiene un brillo que resalta los toques cítricos. Un Whisky Sour elaborado con este whisky resulta elegante, ligero y sutil. No se trata de que el whisky domine la bebida, sino de aportarle claridad. En las noches en las que suena Bill Evans en el tocadiscos, este es el whisky que quiero en mi vaso.

8. Laphroaig 10 — El comodín
El whisky ahumado no suele utilizarse como base para cócteles, pero en las manos adecuadas, el Laphroaig puede transformar una bebida. Unos pocos mililitros añadidos a un «Sour» o mezclados en un «Old Fashioned» ahumado, y tendrás una copa que te transportará a una noche junto al fuego. Es un whisky que divide opiniones, sí, pero a veces un cóctel necesita un comodín: una nota ahumada que te recuerde que el mundo es más grande que el mero dulzor.

9. Hibiki Japanese Harmony — The Elegant Blend
El whisky japonés suele ser demasiado refinado para mezclas fuertes, pero Hibiki Harmony tiene un equilibrio que lo hace brillar en cócteles delicados. Un highball con Harmony y soda bien fría es uno de los placeres más sencillos de la vida. Fresco, claro, luminoso… como «Music for Nine Postcards» de Hiroshi Yoshimura: es detalle sin peso, presencia sin fuerza.

10. Old Forester 100 — El Clásico
Old Forester, una de las marcas de bourbon más antiguas de Estados Unidos, encierra historia en cada trago. Con 100 proof, tiene la fuerza necesaria para brillar en cócteles como el Manhattan, el Boulevardier y el Old Fashioned. Es un whisky que encarna la tradición, un recordatorio de que los cócteles no son una ruptura, sino una prolongación de la propia historia del whisky. Si solo vas a tener un bourbon para mezclar, que sea este.

En conjunto, estas diez botellas forman una especie de orquesta: el whisky de centeno y el bourbon marcan el ritmo, la malta y la mezcla aportan la melodía, el whisky de Islay con turba aporta la sorpresa y el whisky japonés aporta la luz. Si las guardas, tendrás una vitrina no de trofeos, sino de instrumentos, cada uno listo para desempeñar su papel.

Y quizá ahí radique la esencia del cóctel: no en la subordinación del whisky, sino en su colaboración. Mezclar un Manhattan, agitar un Sour o preparar un Old Fashioned no consiste en ocultar el licor, sino en dejar que dialogue con los demás ingredientes. Un cóctel es un diálogo, al igual que el jazz es un diálogo: entre el azúcar y los amargos, entre el saxofón y la batería, entre la copa y la mano.

Así que ten estos diez a mano. Sírvelos, remuévelos y escucha mientras los bebes. Deja que la estancia se amolde al peso de la copa, al aroma de los cítricos y al murmullo de un disco. Porque los mejores cócteles nunca son una distracción. Son momentos en el tiempo, elevados y equilibrados, a la antigua usanza y siempre nuevos.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí ohaz clic aquí para seguir leyendo.

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