Un léxico del jazz: desde la década de 1930 hasta la actualidad

Un léxico del jazz: desde la década de 1930 hasta la actualidad

Por Rafi Mercer

El jazz no es un género. Es un léxico, un vocabulario de sonido y silencio, de libertad y forma, de historia y futuro. Recorrerlo desde la década de 1930 hasta hoy es pasear por un diccionario en el que cada entrada no es una definición, sino una voz. Algunas voces susurran, otras rugen, otras tranquilizan, otras insisten. Juntas forman un lenguaje que sigue vivo, sigue evolucionando y sigue siendo imposible de definir con exactitud.

La década de 1930 nos trajo a Billie Holiday. Su voz no era la más potente, ni la de mayor registro, pero sí la más humana. Cantaba como si cada nota le costara algo, como si cada letra brotara de su propio corazón. Si escuchas «Strange Fruit», no solo oyes una canción, sino la herida de toda una nación. Si escuchas «All of Me», oyes cómo el anhelo se convierte en ligereza. Ella era el jazz en su esencia: frágil, resistente, plenamente presente. Escucharla hoy, en vinilo, es escuchar tanto el glamour del swing como el dolor que se esconde tras él.

La década de 1940 vio nacer el bebop, una rebelión contra la suavidad del swing, liderada por Charlie Parker y Dizzy Gillespie. El saxo alto de Parker atravesaba el aire como un rayo; la trompeta de Gillespie transformaba las notas en alegría y picardía. El bebop era el jazz vuelto hacia sí mismo, el virtuosismo como lenguaje, la improvisación como gramática. Era música para escuchar, no para bailar: un cambio radical. Y sentó las bases para todo lo que vino después.

La década de los 50 nos trajo a Miles Davis. Con *Kind of Blue*, nos regaló el jazz modal, la sencillez como sinónimo de sofisticación. Mientras el bebop avanzaba a toda velocidad, Miles reducía el ritmo. Dejó espacio, y en ese espacio los oyentes encontraron claridad. Era un maestro del ritmo, de la moderación, de dejar que el silencio hablara. Y a su lado estaba John Coltrane, aún buscando su camino, aún en busca de algo.

Coltrane llevaría el jazz hasta la década de los 60 y más allá. Empezó con el hard bop y luego se adentró en lo espiritual. *A Love Supreme* es más que un disco; es una plegaria, una devoción, una suite en cuatro partes que se percibe como un ascenso. El saxofón de Coltrane es a la vez instrumento e invocación. Escucharlo con atención es oírle luchar con lo infinito, oír a un hombre que lleva su cuerpo al límite para canalizar algo más grande. Incluso hoy en día, en un bar de Tokio o Berlín donde se escuche música, cuando empieza «Acknowledgement», la sala contiene la respiración.

Junto a Coltrane estaba Nina Simone. No siempre se la clasificaba dentro del jazz, pero formaba parte, sin lugar a dudas, de su léxico. Tenía formación clásica, era tremendamente inteligente y tremendamente política. Canciones como «Mississippi Goddam» y «Four Women» transmitían protesta en cada nota. Jugaba con las formas, mezclando gospel, folk, blues y jazz para crear algo desafiante. Nina no era suave; era áspera, cruda, imposible de ignorar. Nos recuerda que el jazz no solo tiene que ver con la armonía, sino también con la ruptura.

La década de los 70 amplió aún más el vocabulario musical. Aparecieron los instrumentos eléctricos, los ritmos se hicieron más densos y las fronteras se difuminaron. Idris Muhammad se sentaba tras la batería, marcando ritmos que llevaban el jazz hacia el funk y el soul. Su álbum de 1977, *Turn This Mutha Out*, es un testimonio de esa fusión: un bajo profundo, unos metales agudos y una batería implacable. Era un jazz que te hacía mover, un jazz que te hacía sudar, un jazz que ya no se limitaba a los clubes, sino que formaba parte de las pistas de baile y las esquinas de las calles. Idris dotó al jazz tanto de cuerpo como de mente.

A partir de ahí, el léxico se amplió sin límites. La década de los 80 trajo consigo a Wynton Marsalis, que volvió a la tradición con virtuosismo y elegancia. La década de los 90 nos regaló a Cassandra Wilson, que reinventó los estándares con una voz terrosa y ahumada. La década de los 2000 nos presentó a artistas como Robert Glasper, que difuminó las fronteras entre el jazz, el hip-hop y el R&B, demostrando que este lenguaje podía adaptarse a nuevos dialectos sin perder su esencia.

Y hoy en día, el léxico sigue creciendo. Kamasi Washington, con *The Epic*, recupera la grandiosidad y la ambición, creando sinfonías sonoras tan espirituales como las de Coltrane, pero impregnadas de funk y soul. Nubya García y Shabaka Hutchings lideran una escena londinense que fusiona las raíces afrocaribeñas con el fuego cósmico. Makaya McCraven crea bucles y superpone improvisaciones en directo para dar forma a nuevas expresiones, demostrando que el jazz no es una pieza de museo, sino un arte vivo.

En todo esto, lo que une las entradas del léxico es la escucha. El jazz siempre la ha exigido. Desde el frágil fraseo de Billie Holiday hasta los torrentes de Coltrane, desde la rebeldía de Nina Simone hasta el groove de Idris Muhammad, el oyente no es pasivo, sino partícipe. Te inclinas hacia adelante, sigues el ritmo, sientes. En un mundo de ruido, el jazz nos recuerda que la música es una conversación, no una emisión.

Por eso el jazz encaja tan naturalmente en los bares de escucha. Son espacios diseñados para la presencia, donde el silencio enmarca la música y la fidelidad revela los detalles. Escuchar a Billie en un sistema de alta fidelidad es como escuchar la sala en la que cantaba. Escuchar a Coltrane es sentir cómo el aire se mueve a través de su saxofón. Escuchar a Idris es sentir cómo vibra el suelo con el bombo. El jazz es música creada para captar la atención, y los bares de escucha son espacios creados para prestársela.

Un léxico nunca está terminado. Se añaden palabras nuevas y las antiguas cambian de significado. Lo mismo ocurre con el jazz. Lo que comenzó en la década de 1930 como swing se ha convertido en un lenguaje que se habla con innumerables acentos. Pero, a pesar de todos los cambios, la esencia permanece: libertad, presencia, conversación. Recorrer la trayectoria del jazz desde Billie Holiday hasta Coltrane, pasando por Nina Simone e Idris Muhammad, es recorrer la historia con los oídos bien abiertos. Y saber que la historia aún se está escribiendo.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete o haz clic aquí.

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