Fela Kuti — Escuchar como forma de resistencia

Fela Kuti — Escuchar como forma de resistencia

Por Rafi Mercer

Fela Kuti no alzó la voz para hacerse oír. Ralentizó el ritmo de la sala hasta que escuchar se convirtió en algo inevitable.

Mucho antes de que su nombre pasara a la historia, antes de que el afrobeat se definiera con claridad o su imagen se plasmara en carteles, Fela hacía algo mucho más inquietante: prestaba atención. A la forma en que caminaban los soldados. A cómo los políticos hablaban sin ir al grano. A las silenciosas concesiones que la gente hacía solo para sobrevivir. En la Nigeria de los años 70, el mero hecho de prestar atención era peligroso. Escuchar con demasiada atención era darse cuenta de patrones que otros preferían mantener ocultos.

Ahí fue donde empezó Fela.

Lo que distingue a Fela Kuti de tantos artistas calificados de «políticos» es que su obra nunca se basó en la reacción. No respondía a momentos concretos, sino que observaba los sistemas. Su música se desarrolla lentamente porque los sistemas se mueven lentamente. El poder se repite. Y también los ritmos. La duración de una canción de Fela no es un exceso, sino precisión.

El afrobeat, tal y como lo definió Fela, se suele describir como una fusión: instrumentos de viento del jazz, líneas de bajo del funk, ritmos yoruba y el swing del highlife. Es una descripción útil, pero incompleta. El afrobeat se entiende mejor como una forma de escuchar. Absorbe influencias sin forzar que encajen entre sí. Permite que la fricción permanezca sin resolver el tiempo suficiente para que surja el significado.

En tiempos de conflicto, el sonido suele estar pensado para concentrar la atención. Eslóganes breves. Cánticos rápidos. Urgencia sin reflexión. Fela eligió el camino contrario. Alargó el tiempo. Repitió frases hasta que resultaban incómodas. Dejó que el humor conviviera con la ira, y el aburrimiento con la alegría. Al hacerlo, creó algo poco común: música que insiste en que el oyente se quede.

Por eso el ritmo es tan importante en la obra de Fela. No es un mero adorno. Es disciplina. El ritmo estabiliza el cuerpo mientras se desarrolla el mensaje. Mantiene al oyente anclado en el presente: ni en un futuro imaginario, ni en un pasado idealizado, sino en el «ahora» vivido. No se puede escuchar a Fela por encima. Hay que sumergirse en él.

Para Fela, escuchar nunca fue algo pasivo. Era un acto de investigación. Escuchaba a las autoridades del mismo modo que un periodista presta atención a las evasivas. Escuchaba a la religión del mismo modo que un escéptico escucha un consuelo ofrecido a la ligera. Escuchaba el pensamiento colonial que persistía en el lenguaje cotidiano. Y, una vez que lo oía con claridad, lo reflejaba: con calma, rítmicamente, sin pestañear.

Esa precisión es lo que asustaba a los poderosos. La ira se puede ignorar. La precisión, no.

Cuando la República de Kalakuta fue destruida, cuando mataron a su madre, cuando su propio cuerpo fue maltratado una y otra vez, Fela no dejó de escuchar. Más bien al contrario, se sumergió aún más en ello. El dolor ralentizó la música. Los ritmos se volvieron más pesados, casi ceremoniales. Estos discos no piden compasión. Documentan. Recuerdan. Se niegan a dejar que los acontecimientos se disuelvan en el silencio.

Ahora, echando la vista atrás, queda claro que Fela no pretendía arreglar el mundo de la noche a la mañana. Lo que intentaba era agudizar la atención. Demostrar que la escucha constante es una forma de resistencia —quizá la más duradera—. Los gobiernos cambian. La retórica evoluciona. Pero la capacidad de escuchar en profundidad, de percibir lo que se repite bajo el ruido, perdura.

Por eso Fela sigue siendo importante.

Vivimos en una época en la que abundan las opiniones y escasea la atención. Todo el mundo habla. Pocos escuchan. La música se adapta cada vez más a la distracción, en lugar de desafiarla. En ese contexto, la obra de Fela vuelve a parecer casi radical: larga, exigente, humana. Exige tiempo. Presencia. Paciencia.

Y, a cambio, ofrece claridad.

Fela nos enseña que el futuro no se forja gritando más fuerte, sino escuchando más tiempo. Que el ritmo puede transmitir la verdad cuando las palabras por sí solas fallan. Y que, a veces, el acto más desafiante consiste simplemente en permanecer atento a lo que se oye, el tiempo suficiente para comprenderlo.

Escuchar, como hacía Fela, es negarse a apartar la mirada.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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