Manos Hatzidakis — 30 Νυχτερινά (1983)
Música nocturna que desafía la oscuridad
Por Rafi Mercer
Hay un tipo concreto de noche que es propio de las ciudades costeras: no es dramática ni melancólica, sino que está suavemente iluminada. Una puerta del balcón abierta. El aire que se mueve suavemente. La sensación de que el día ha terminado sin desvanecerse en ella.
La canción «30 Νυχτερινά», de Manos Hatzidakis, pertenece a ese tipo de noches.
Lanzado en 1983, el álbum es una sucesión de treinta nocturnos breves, la mayoría de ellos centrados en el piano. Sobre el papel, parece austero. En la práctica, resulta cautivadoramente cálido. Hatzidakis no se deja llevar por la melancolía; da forma al espacio con moderación y luego lo llena de luz.

Lo primero que se percibe —si se escucha con atención— es el impulso ascendente de la armonía. Las frases no decaen, sino que se elevan. Los acordes se resuelven con un suave movimiento ascendente, como si se negaran a permanecer en la sombra durante demasiado tiempo. La música respira con un optimismo sereno que resulta claramente mediterráneo. Reflexiva, sí. Pero nunca pesada.
Cada nocturno es conciso. Aquí no hay lugar para la exuberancia. Hatzidakis plantea una idea, la desarrolla lo justo para que florezca y, a continuación, pasa a otra cosa. Esa disciplina confiere al disco su ritmo interno. Treinta pequeñas escenas, cada una de ellas autónoma, cada una de las cuales ofrece una perspectiva emocional ligeramente diferente.
En un sistema bien equilibrado, la intimidad adquiere un carácter casi arquitectónico. Se percibe el peso de los martillos contra las cuerdas. La forma en que se permite que ciertas notas perduren más de lo esperado. El decaimiento forma parte de la composición. El silencio se convierte en un elemento estructural, más que en una pausa.
Lo que hace que «30 Νυχτερινά» resulte discretamente cinematográfico no es su envergadura, sino su ritmo. Las transiciones parecen deliberadas, como sutiles movimientos de cámara más que cortes dramáticos. Uno podría imaginar estas piezas como fondo musical de las calles de la ciudad al atardecer, pero nunca dan la sensación de ser un mero acompañamiento. Se sostienen por sí mismas.
En este disco se nota una sonrisa.
No es algo evidente. No es festivo. Pero está presente en el lenguaje armónico y en la negativa a rendirse a la melancolía. La noche, aquí, es un lugar de serenidad. Un momento para recobrar el equilibrio, más que para desmoronarse.
Dentro de la música griega, este álbum representa algo íntimo. No es el pulso ancestral de la música folclórica. Tampoco es el modernismo electrónico arrollador de los compositores más recientes. Es urbana, íntima, reflexiva. Música para salas, más que para estadios.
Con la música a bajo volumen, las luces tenues y la sesión en horario nocturno, «30 Νυχτερινά» consigue algo poco habitual: ajusta la temperatura emocional de un espacio. Suaviza los contornos sin restarles intensidad. Te recuerda que la tranquilidad puede ser sinónimo de fuerza.
Esto no es música de fondo.
Da por hecho que estás escuchando.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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