Los elementos de la escucha: Apuntes 1 — El silencio

Los elementos de la escucha: Apuntes 1 — El silencio

Por Rafi Mercer

Hay una tranquilidad que solo pertenece al domingo. No es muda, ni absoluta; es frágil, serena, casi transparente. El repique de una campana de iglesia se oye más lejos que un martes. El canto de un pájaro perdura más tiempo en el oído. El silencio no es vacío, sino una habitación despejada de todo lo superfluo. Llega el silencio y, con él, un espacio en el que escuchar.

Siempre he considerado que el silencio es algo más que la ausencia de sonido. Es el marco, la geometría que rodea lo que viene a continuación. Todas las piezas musicales que te han encantado se han apoyado en el silencio: la inspiración antes de la nota, la pausa entre los acordes, ese momento de suspensión que permite que una frase cale. Sin ese espacio, el sonido se derrumbaría sobre sí mismo, convirtiéndose en una mancha borrosa sin forma.

Los compositores lo saben bien. Max Richter utiliza el silencio como el espacio en blanco de un lienzo: esos intervalos abren la mente de una forma que los pinceles por sí solos no pueden lograr. Miles Davis dijo en una famosa frase que no tocaba lo que había, sino lo que no había. Y en el whisky, el silencio es esa pausa lenta antes de dar un sorbo, ese momento en el que el vaso y el líquido parecen quedarse suspendidos, cargados de expectación.

Recuerdo un bar de música en Tokio donde el silencio se había convertido en un ritual. El camarero me sirvió un vaso de Yamazaki con la reverencia propia de una ceremonia. En la sala reinaba tal silencio que se podía oír cómo la aguja tocaba el surco: un suspiro que se convertía en electricidad antes de que resonara el sonido de la trompeta. Ese momento fue importante. Invitó a todos los presentes a prestar atención.

El silencio, pues, no es vacío. Es una invitación. Te pide que esperes. Agudiza la atención. En una cultura de información constante, el silencio no solo es algo poco habitual, sino que resulta casi rebelde. Optar por él —unos auriculares con cancelación de ruido en el tren, un bar con poca luz que te obliga a susurrar, un hogar donde un disco gira en silencio antes de que suene el estribillo— se percibe como un lujo.

Y quizá ese sea el verdadero comienzo de la escucha: la sustracción. Despejar el ambiente para que, cuando llegue el sonido —un acorde, una voz, el tintineo de un vaso—, lo haga con fuerza. Con presencia. Con significado.

Que esta primera nota sea, pues, sencilla: el silencio es la base. Es donde comienza la escucha. Es el primer elemento. Sin él, el resto no puede respirar.


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