El tocadiscos nunca es solo una máquina

El tocadiscos nunca es solo una máquina

Por Rafi Mercer

Tengo cuatro tocadiscos. Dos Technics SL-1200 Mk2, un Rega Planar 2 y un Rega Planar 3. No necesito cuatro. Desde cualquier punto de vista racional, uno bastaría, dos como mucho. Pero no puedo deshacerme de ninguno de ellos. Cada uno no solo transmite sonido, sino también una historia, y juntos forman una especie de biografía. En parte inversión, en parte activo, pero más que eso: parte de quién soy y de quién quiero ser.

El par de Technics son auténticos supervivientes, auténticos caballos de batalla tanto en la cabina del DJ como en el dormitorio. Están fabricados para durar, pesados como anclas, precisos como instrumentos. Poseerlos es tener en las manos un pedazo de la historia de la música, no solo porque han sonado en discotecas y festivales, sino porque encarnan una filosofía de permanencia. Sabes, cuando tienes un Technics en las manos, sabes que sobrevivirá a las modas. Estos platos son tanto esculturas como máquinas, y venderlos sería como traicionar algo más grande que yo mismo.

Los Planar de Rega son diferentes. Más ligeros, más minimalistas, casi ascéticos en su diseño. El Planar 2 es como una puerta de entrada, el tocadiscos con el que te inicias si quieres escuchar música con esmero. El Planar 3 es como un paso adelante, el refinamiento de ese primer paso hacia algo más cercano a la maestría. Juntos forman una escalera: un pie en el recuerdo, otro en la aspiración. Me recuerdan que escuchar es un viaje, y que cada etapa del viaje merece su propio instrumento.

Entonces, ¿por qué conservarlas las cuatro? Porque no son intercambiables. Son anclas a momentos en el tiempo, portales a lugares en los que he estado. Recuerdo la primera vez que puse un disco de jazz importado en el Rega Planar 2 y escuché detalles que me sorprendieron y me llevaron a una forma diferente de escuchar. Recuerdo la intensidad de aquellas noches en las que el Technics se mantenía firme bajo mis manos, con el control de tono deslizándose entre las pistas, los amigos reunidos a mi alrededor y la música impregnando el ambiente. Aún puedo sentir cómo el Planar 3 me llama, prometiéndome un sonido por descubrir, detalles por desvelar. Cada tocadiscos encierra un capítulo. Deshacerse de uno de ellos sería borrarlo.

Un tocadiscos nunca es solo una máquina. Es una mezcla de recuerdos e inversión. Una inversión no solo en dinero —aunque los tocadiscos conservan su valor—, sino también en identidad. Tener un Rega es decir que te importa el sonido. Tener un Technics es decir que entiendes lo que es la durabilidad, el peso de la cultura. Tener más de uno es admitir que la música no es un simple hilo en tu vida, sino un tapiz, con múltiples capas y complejo.

Los tocadiscos también actúan como puertas de acceso. No son solo herramientas para reproducir el pasado, sino instrumentos para descubrir el futuro. Cada vez que bajas la aguja, no sabes lo que vas a escuchar. Incluso un disco que conoces bien cambia con el tiempo, según tu estado de ánimo, la habitación o el equipo. Un tocadiscos no es estático; está lleno de posibilidades. Guarda el pasado en sus surcos, pero también encierra la posibilidad de que mañana escuches algo nuevo.

No puedo evitar pensar en ellos como extensiones de mí mismo. No son trofeos en una estantería, sino dispositivos vivos que reflejan mi propia forma de escuchar. Me recuerdan quién era cuando los compré, qué perseguía y de qué huía. Me recuerdan quién soy ahora, todavía en busca del silencio, todavía persiguiendo la fidelidad. Y me dan una pista de quién quiero ser: alguien que nunca dejará de escuchar con atención.

Por eso me resulta imposible desprenderme de uno de ellos. No se trata solo de vender una máquina; es como desprenderme de una parte de mí mismo. Quizá no necesite cuatro platos. Pero quizá la verdad sea que cuatro platos es justo lo que necesito. Uno para recordarme la juventud. Otro para recordarme el descubrimiento. Otro para recordarme la resistencia. Y otro para recordarme la aspiración. Juntos, cuentan la historia de una vida dedicada al sonido.

El mundo está lleno de dispositivos diseñados para facilitar la música: teléfonos, aplicaciones, altavoces que caben en el bolsillo. Pero la facilidad no es lo mismo que la profundidad. Un tocadiscos nunca es sencillo. Requiere espacio, cuidado, un ritual. Limpias el vinilo, ajustas el brazo, bajas la aguja. No puedes saltar de pista al instante, no puedes comprimir sin fin. Tienes que escuchar. Y en ese acto, el tocadiscos revela su verdadero propósito. No es una comodidad, sino un espejo. Te muestra lo que valoras, lo que recuerdas, lo que esperas encontrar.

Así que, cuando la gente me pregunta por qué tengo cuatro tocadiscos, sonrío. La respuesta no es práctica. La respuesta es personal. No son simplemente herramientas para reproducir discos. Son en parte una inversión, en parte un activo y en parte una extensión de quién soy y de quién quiero ser. Son mi autobiografía en sonido.

Y eso es algo que no puedes dejar pasar.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete o haz clic aquí.

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