El ritmo exterior: sobre el sonido y el movimiento
La banda sonora invisible de la vida y los ritmos que seguimos sin darnos cuenta.
Por Rafi Mercer
Hay momentos en los que nos encontramos en un estado de tranquila reflexión, en los que el mundo exterior, con su actividad incesante, parece latir al compás de un ritmo que solo la mente puede oír. Ya estés sentado en una oficina, esperando en una tienda o simplemente en el coche, contemplando el flujo de la vida, eres testigo de algo más que movimiento: sientes el ritmo que lleva cada transeúnte, como una banda sonora invisible que acompaña cada uno de sus pasos. Y aunque no llegues a oírlo del todo, sabes que está ahí. Todo el mundo está en movimiento, pero no son solo sus cuerpos los que se mueven: hay una fuerza invisible que los guía hacia adelante, una melodía al son de la cual bailan sin saberlo.
Esta es la paradoja del sonido, o más bien de su ausencia: existimos en su seno, y sin embargo gran parte de él pasa desapercibido. Miro por la ventana, observo a la gente que se desplaza de un lugar a otro y pienso para mis adentros: «¿Cuál es su ritmo hoy? ¿Qué sonido suena de fondo en sus pensamientos?». Algunos pueden pensar que es un murmullo, otros una melodía, pero sé en lo más profundo de mi ser que siempre está presente, aunque nunca se reconozca. Es la corriente subterránea del mundo, que late a frecuencias a las que, con demasiada frecuencia, estamos demasiado ocupados para sintonizarlas.
Pero, ¿qué significa ver el mundo de esta manera? ¿Observar a la gente mientras se mueve entre sus rutinas diarias, como si les guiara un ritmo que solo ellos pueden percibir? Hay algo reconfortante en saber que todos nos movemos al compás de un ritmo, aunque no podamos identificar la melodía. Las calles, los coches, las cafeterías… todos tienen una cierta cadencia, un pulso ineludible, seamos conscientes de ello o no. Es como escuchar música a través de una pared, débil pero indudablemente presente, que marca el ritmo de la habitación, de la ciudad y de la vida que hay en ella.
Para mí, la música no solo existe dentro de los límites de mi propio espacio, sino también en el tejido mismo del mundo exterior. Mi lugar es tranquilo, casi atemporal. No voy a ninguna parte, al menos físicamente, pero el mundo está en perpetuo movimiento. La gente avanza, impulsada por una banda sonora invisible y personal de la que quizá ni siquiera se den cuenta. Pero yo sí. Es como presenciar una sinfonía que resuena en lo cotidiano, en la que cada persona es un instrumento, cada acción una nota y cada gesto un compás dentro de un movimiento más amplio. Y mientras estoy aquí sentada, escuchando el silencio, sé que todos los demás marchan a su propio ritmo, sin darse cuenta de que su sonido forma parte de una música colectiva que resuena en los espacios entre los momentos.
A menudo pensamos en la música como algo con lo que hay que interactuar activamente: un álbum que hay que reproducir, una lista de reproducción que hay que crear. Pero, ¿y si la verdadera esencia de la música se encontrara en esos momentos de observación, cuando damos un paso atrás y escuchamos no lo que suena, sino lo que ocurre en los espacios que nos rodean? Es el sonido de la vida en movimiento, que avanza a un ritmo a la vez deliberado y espontáneo. Es el ritmo de la existencia, en constante evolución, siempre presente y justo más allá de nuestro alcance.
Y en esa reflexión encuentro la paz. No en la música que controlo, sino en aquella de la que soy testigo. El ritmo del mundo exterior tiene su propio significado, su propia forma de belleza. Es un recordatorio de que, incluso en los momentos de quietud, el mundo está lleno de vida y de sonido, si tan solo decidimos escuchar.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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