Mientras brille el sol: el ritmo eterno de Stevie Wonder
«As», de Stevie Wonder: una lección atemporal sobre el amor, la paciencia y la capacidad de escuchar. Una canción que nos recuerda que hay que tomarse las cosas con calma, conectar con los demás y sentir cómo gira el mundo.
Por Rafi Mercer
Esta mañana, la canción me ha llegado como un regalo: «As», de Stevie Wonder, del álbum Songs in the Key of Life (1976). Es una de esas canciones que todo el mundo ha oído, pero que pocos han escuchado de verdad. Es el tipo de canción que te sorprende en un momento de tranquilidad y, de repente, te das cuenta de que no es solo una melodía, sino toda una filosofía.
Antes de escribir esto, me senté en mi escritorio, con un café en la mano, y escuché. De verdad. Fui leyendo la letra, línea por línea. Porque si hay alguna canción que nos enseñe a escuchar con el corazón abierto, es precisamente esta.
«Al igual que la Tierra sabe que gira alrededor del Sol
y los capullos de rosa saben que deben florecer a principios de mayo…»
Todo empieza con una verdad tan sutil que casi pasa desapercibida. Stevie no está sermoneando; simplemente nos lo recuerda. El mundo sigue girando. La vida sigue encontrando formas de renovarse. El ritmo de la canción —suave al principio, constante como un amanecer— refleja ese mismo movimiento natural.
«Al igual que el odio sabe que el amor es el remedio
, puedes estar tranquilo
, porque siempre te querré».
Aquí es donde el ritmo cobra fuerza —el Fender Rhodes, el bajo, las palmas— todo perfectamente sincronizado, como si los propios instrumentos creyeran lo que él dice. Es el sonido de la devoción a través del optimismo. El amor no como sentimiento, sino como perseverancia.

«Hasta que el arcoíris apague las estrellas del cielo…»
Es una frase que detiene el tiempo. Imposible, cósmica, casi infantil en su esperanza… y, sin embargo, de alguna manera resulta creíble cuando la canta Stevie. Su voz lleva la metáfora hasta tal punto que puedes percibir la eternidad en ella.
Escuchar«As» con un buen equipo de sonido lo cambia todo. Los graves no se limitan a quedar en segundo plano, sino que sostienen la canción. Los coros —esa oleada de calidez humana al estilo gospel— cobran vida como la luz del sol que se filtra a través del cristal. Los acordes de piano brillan, y cada redoble de batería resuena con fuerza. No es producción: es arquitectura.
Y cuando empieza esa sección final —ese outro eufórico en el que el ritmo se amplía, las voces se multiplican y los instrumentos empiezan a bailar entre sí—, ocurre algo. Dejas de analizar. Simplemente te dejas llevar. El ambiente se anima. Es el equivalente musical a que la luz inunde la sala.
Eso es lo que consigue la escucha profunda. Convierte una canción que has escuchado cien veces en algo completamente nuevo. Empiezas a darte cuenta de lo que siempre ha estado ahí: los detalles, la respiración, la humanidad. Y con «As», te das cuenta de cuánta alegría puede albergar un solo compás de música.
Es una canción sobre la eternidad. Sobre el amor que perdura más que todo: el tiempo, la distancia, la duda. Pero también trata sobre el acto de escuchar en sí mismo. Porque, para entenderla de verdad, hay que quedarse hasta el final. Hay que dedicarle a la música la misma paciencia que ella te brinda a ti.
Cuando la pongo en la oficina de Tracks & Tales, me parece un recordatorio de lo que estamos construyendo: un espacio para escuchar, conectar y dar continuidad. Una canción como «As» es atemporal, no porque se niegue a envejecer, sino porque no deja de enseñarnos a vivir el presente.
Mientras escribo esto, vuelve a sonar el estribillo final:
«Todos sabemos que, a veces, los odios y los problemas de la vida pueden hacerte desear haber nacido en otro tiempo y otro lugar…»
— pero luego le da la vuelta —
«Pero puedes apostar tu vida por ello, y el doble de eso, a que Dios sabía exactamente dónde quería que estuvieras».
Esa frase te llega más fuerte cuanto más mayor te haces. Cuanto más construyes, más pierdes, más escuchas. Quizá por eso esta canción me ha llegado hoy. Trata sobre la confianza: en el tiempo, en el lugar, en el amor, en el sonido.
Así que, si estás leyendo esto, detente un momento. Deja el móvil a un lado. Busca «As». Escúchala de principio a fin. Alta, pero clara. Deja que llene cada rincón de la habitación. Escucha no solo a Stevie, sino también a los músicos, el eco y las risas que se entremezclan con el ritmo.
Tú también lo sentirás: esa sensación de que la música, en su máxima expresión, no solo te hace mover. Te hace creer.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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