Primeras impresiones de Marrakech
Por Rafi Mercer
Lo primero que te llama la atención en Marrakech no es el calor, sino el sonido. Aquí se percibe de otra manera. Tiene capas, textura, vida. La llamada a la oración que resuena entre los tejados, el zumbido de las motos que se abren paso por los callejones, las conversaciones que suben y bajan como olas. Todo tiene ritmo. Incluso el silencio tiene un pulso, una especie de respiración que pertenece a la propia ciudad.
Marrakech no se revela de forma lineal; se va desplegando poco a poco. Al principio, parece caótica: colores, aromas, movimiento, todo a la vez. Luego empiezas a percibir el patrón. El tintineo de las teteras de latón en los puestos de té, el lento arrastrar de pies de los comerciantes que extienden sus alfombras, la música que se cuela por la puerta de un café. Los ritmos gnawa y las improvisaciones de estilo jazzístico se entrelazan por la Medina como líneas melódicas invisibles. Te das cuenta de que no es ruido en absoluto, sino una composición.
Siempre he creído que cada ciudad tiene su propio sonido característico. Tokio es precisión. Londres es ritmo. Berlín es resonancia. Marrakech… Marrakech es calidez. Hay polvo en su tono, especias en su línea de bajo. La ciudad se mueve al son de acordes menores, pero estos brillan a la luz.
Esta mañana he paseado por callejuelas estrechas que parecían pasadizos de la funda de un viejo disco: ese tipo de lugar donde se percibe el tiempo de otra manera. Las tiendas se extienden hasta la calle, con las naranjas apiladas como discos de vinilo y los colores apretujados unos contra otros. He oído risas, discusiones, el ruido de la radio y, en algún lugar, de forma tenue, a Miles Davis. Quizá fuera una coincidencia, o quizá el jazz sea realmente el lenguaje universal de la calle.
El aire huele a menta, cuero y humo. Es embriagador. Tiene algo de cinematográfico: es un lugar hecho para las historias. Entiendo por qué los artistas y los músicos siempre acaban viniendo aquí. Marrakech no solo inspira; te desarma. Te recuerda que hay que tomarse las cosas con calma, escuchar sin prejuicios. El ritmo es fluido: en parte conversación, en parte dejarse llevar.
Lo que más me sorprende es lo humano que resulta todo. En ciudades construidas en busca de la eficiencia, uno se olvida de cómo suena la vida en su estado más natural. Aquí, es algo inevitable. Se oyen las manos trabajando, los pies moviéndose, las puertas cerrándose y las risas que llegan de los patios. No es algo artificial, sino que se respira vida. Como el mejor disco: imperfecto, pero profundamente auténtico.
Esta noche, probablemente encontraré un bar escondido tras algún viejo portal, quizá con un tocadiscos, quizá solo con una radio. Pediré un whisky, sea de la zona o no. Me sentaré en silencio. Escucharé. El día se fundirá con la noche; la llamada a la oración se mezclará con el aire nocturno. En algún lugar surgirá un nuevo ritmo —más lento, más profundo—, que traerá consigo historias que aún no comprendo.
Hay una forma de evasión discreta en lugares como este. No se trata de la fantasía de las palmeras ni de la tranquilidad junto a la piscina; es algo más tranquilo. Es esa evasión que se produce cuando los sentidos toman el control y los pensamientos por fin se detienen. Cuando dejas de sentir la necesidad de definir lo que estás haciendo y simplemente te dejas llevar por el mundo.
En Marrakech, eso ocurre con facilidad. No lo planeas: simplemente sucede. En algún punto entre el bullicio del mercado y el silencio del patio del riad, te das cuenta de que has perdido tu propio ritmo. La ciudad te envuelve en una especie de trance. No para alejarte de la vida, sino para devolverte a ella.
Para mí, eso es el verdadero lujo. No es el mármol ni el precio, sino esa pausa. Esa oportunidad única de escuchar sin prisas, de ver sin filtros. De escapar, no del mundo, sino de volver a él.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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