Si tuviera que construir el mejor...
Rafi Mercer reflexiona sobre la filosofía de los hipercoches de Koenigsegg y se pregunta cómo sería «lo mejor» en lo que respecta a la capacidad de escuchar. La respuesta: nada funciona si el ser humano no ocupa el centro; la presencia es la verdadera obra maestra.
Por Rafi Mercer
Esta mañana estaba escuchando el podcast «Founders», concretamente el episodio sobre Christian von Koenigsegg y su búsqueda de toda una vida para construir el mejor hiperdeportivo imaginable. No uno bueno. Ni uno competitivo. El mejor. Y, en algún punto entre sus sueños de fibra de carbono y su negativa a transigir, me vino a la mente una pregunta:
Si tuviera que construir algo —lo mejor que pudiera—, ¿qué sería?
¿Una habitación?
¿Un altavoz?
¿Un equipo?
¿Algo totalmente distinto?

La primera respuesta que me vino a la mente fue «un altavoz», porque es hacia ahí hacia donde mi mente tiende a divagar de forma natural. Pero la verdad es sencilla: un altavoz no basta. Puedes diseñar un objeto perfecto, pero si la sala no es la adecuada, si el ritual se hace con prisas o si la persona que escucha está distraída, esa perfección se desvanece.
Entonces pensé: quizá sea la sala. Una especie de catedral del sonido. Pero una sala por sí sola tampoco puede salvarnos. He estado en espacios de magnífica factura en los que el sonido cantaba, pero la gente no. Se puede diseñar pensando en el oído, pero no se puede obligar a nadie a prestar atención. Sin presencia, incluso una acústica excelente resulta vacía.
Así que seguí esa línea de pensamiento hasta el final y me di cuenta de algo obvio que, de alguna manera, había pasado por alto:
No se puede crear lo mejor en el ámbito de la escucha sin tener en cuenta al ser humano que hay detrás.
La analogía con los hipercoches, de hecho, lo deja más claro. Koenigsegg nunca habla del motor de forma aislada. Habla de la sensación, de la experiencia humana que se vive cuando todo funciona en armonía. El coche no es una máquina; es una relación entre el conductor y la carretera.
Lo mismo ocurre con escuchar.
Puedes perfeccionar los materiales, los ángulos, la afinación, pero si nadie decide escuchar —si nadie decide estar presente—, todo queda inerte.
Si tuviera que crear algo «lo mejor», no sería un objeto concreto. Sería un sistema concebido en torno al propio momento humano. Una estancia que fomente la tranquilidad en lugar de exigirla. Un altavoz que no presuma, sino que invite. Un ritual que reduzca la fricción en lugar de añadir peso. Un diseño que guíe suavemente a alguien desde el ruido hacia la claridad.
Y quizá ahí radique la clave: el factor humano no se puede diseñar, pero sí se puede acoger. No se puede obligar a nadie a escuchar, pero sí se puede crear un entorno en el que escuchar resulte algo natural.
El mundo de los hipercoches persigue la velocidad; el mundo de la música persigue la presencia. Ninguna de las dos cosas es posible sin la persona como eje central.
Así que, si tuviera que elegir «esa única cosa», lo mejor que podría construir jamás, no sería de carbono, ni de madera, ni de cobre.
Sería una sensación: ese momento en el que alguien se da cuenta de que está escuchando su canción favorita como si fuera la primera vez.
Esa es la verdadera obra maestra. Todo lo demás no son más que herramientas para llegar hasta ella.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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