Rafi Mercer: Un autorretrato en sonido
Por Rafi Mercer
Nunca se me ha dado especialmente bien hacer las cosas como se espera. Incluso ahora, hay una parte de mí que disfruta yendo un poco a contracorriente, prestando atención a los ritmos que los demás pasan por alto. No de forma llamativa, ni para provocar, sino en silencio, instintivamente, porque ahí es donde me siento más vivo.
Esa racha ya estaba ahí cuando entré en la tienda Virgin Games del número 100 de Oxford Street, un joven con demasiada curiosidad y poca paciencia. La tienda estaba situada encima del 100 Club, donde los fantasmas de la música de la noche anterior aún perduraban en las tablas del suelo: metales, sudor, cerveza y libertad. Se podía oler por la mañana, un leve recordatorio de que el sonido deja un rastro mucho después de que se desvanezca.
No me quedé mucho rato arriba. La atracción que ejercía la Virgin Megastore, en el extremo de Tottenham Court Road, era irresistible: esa catedral del ruido y la energía donde chocaban ideas, géneros y personas. Era un caos, de esos que Richard Branson parecía cultivar a propósito. Pero me parecía perfecto. Siempre me he sentido a gusto en medio de un desorden oportuno, en lugares que vibran con posibilidades.
Esos primeros años me enseñaron que escuchar es algo tanto interno como externo. No se trata solo de oír; se trata de descifrar. Se trata de entender por qué una canción te emociona y otra no. Mi mente funciona rápido —siempre lo ha hecho—, pero he aprendido a combinar esa rapidez con la paciencia. A pensar rápido, pero a escuchar despacio. A permanecer con un sonido el tiempo suficiente para descubrir su esencia.
Luego llegó el segundo acto —lo digital, las start-ups, las plataformas globales, las salidas a bolsa—: ese tipo de capítulos que avanzan a la velocidad de un avión a reacción. Ayudé a desarrollar ideas que se expandieron por todos los continentes, donde la cultura se fusionaba con el comercio en tiempo real. Aprendí cómo suena el éxito cuando se amplifica —brillante, metálico, eficiente— y cómo, si se escucha con atención, se puede oír el zumbido del agotamiento que hay debajo.
Esas experiencias reforzaron mi convicción: cualquier empresa, desde la tienda de discos de la esquina hasta una multinacional, depende de su capacidad para escuchar. La estrategia, la envergadura, el crecimiento… todo ello es cuestión de acústica. En el momento en que dejas de escuchar, pierdes el tono, pierdes la verdad.
Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que *Tracks & Tales* es, en muchos sentidos, una autobiografía contada a través de la perspectiva de escuchar el mundo. Cada ciudad sobre la que escribo, cada bar o sello discográfico que describo, es en parte una memoria y en parte un espejo: fragmentos de una vida en sintonía con el sonido. Lo que comenzó como una observación se ha convertido en una reflexión: un relato de cómo el hecho de escuchar ha moldeado no solo mi trabajo, sino también mi forma de ser.
A menudo, la gente mide el éxito por el ruido: por la visibilidad, por las pruebas, por el eco de los aplausos. Yo he aprendido a medirlo por la resonancia. Ahora mis recompensas son internas: la tranquila satisfacción de haber creado algo que se parece a mí.
Así que sí, tengo éxito, pero de una forma más pausada y profunda. «Tracks & Tales» es mi rebelión revestida de refinamiento: elegante en apariencia, radical en el fondo. Es la prueba de que se puede recorrer el mundo con delicadeza y, aun así, dejar huella.
Ahora lo veo todo con calma: el ruido, la subida, lo que venga después. Todo lo que hago es una voz para aquellos que sienten profundamente y saben escuchar, para aquellos que intuyen que hay algo más grande vibrando justo bajo la superficie de las cosas.
Ahí es donde vivo: entre el jazz y el silencio, entre la rebeldía y la elegancia; un oyente que sigue el eco de un mundo que, por fin, está aprendiendo a escucharse de nuevo a sí mismo.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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