Sheffield, 1991 — Antes de que existiera el disco
Por Rafi Mercer
Esta mañana me he despertado con una idea muy sencilla: tengo que escuchar a KRS-One.
No de fondo. No metido en una lista de reproducción entre reuniones. Como es debido.
Lo curioso es que el disco que me viene a la mente —*Return of the Boom Bap*— no salió hasta 1993. Y, sin embargo, el recuerdo que no se me va de la cabeza es el de Sheffield, en 1991. Sound City. Un fin de semana en el que la BBC trajo sus camiones a la ciudad y esta se volcó con la música.
Vi a KRS-One dos años antes de que saliera ese álbum.

Ese es el detalle que importa.
Porque lo que recuerdo no es una canción. Es una actitud. Una figura en el escenario, erguida, directa, con palabras que calan hondo. Sin espectáculo. Sin pantallas. Solo presencia. El hip-hop no parecía algo importado ni nostálgico. Parecía actual. Enseñador. Vivo en la sala.
En aquel momento, Sheffield tenía ese toque especial. Acero y sintetizadores. El eco de The Human League resonaba en las paredes. Discotecas que daban una sensación un poco provisional. Y la música de baile estaba en plena evolución, aún sin pulir para convertirse en campañas publicitarias o en el estandarte de los festivales. Todavía daba la sensación de que pertenecía a la noche.
Ese fin de semana pasé un rato con Pete Tong. Se notaba el cambio. La música de baile ya no era algo marginal, pero tampoco se había suavizado. Seguía entrañando un riesgo. Discos sin etiqueta. Transiciones inciertas. Temas que aún no tenían el nombre que tienen ahora. El público no sabía qué vendría a continuación.
Esa incertidumbre nos ayudó a centrarnos.
Y esto es lo que se me ha quedado grabado: el descubrimiento exigía esfuerzo.
Escuchaste algo en la radio porque alguien decidió ponerlo. Lo viste en directo porque fuiste al concierto. Compraste el disco porque querías tenerlo siempre contigo. La radio, el escenario, la tienda de discos… el círculo era muy estrecho. Era algo físico.
Cuando ahora pienso en aquel fin de semana, no me da una sensación de nostalgia. Me parece algo bien organizado. Una ciudad que, por un momento, se unió en torno al sonido. Podías pasear por una calle y saber que algo estaba pasando. No era algo que se viera en el móvil. Estaba pasando de verdad.
Ver a KRS-One antes de que existiera el álbum me recuerda que, antes, la experiencia precedía a la posesión. Sentías la fuerza de un artista antes de guardar el vinilo en tu estantería. El objeto confirmaba el recuerdo más tarde.
Hoy en día suele ocurrir justo lo contrario. Recogemos información al instante. Probamos cosas sin cesar. Pero rara vez nos detenemos el tiempo suficiente para dejar que algo se forme en el aire.
El impulso que he tenido esta mañana —necesito escuchar a KRS-One— no tiene que ver con volver a la juventud. Se trata de volver a centrarme. Elegir un disco y darle el espacio que se merece. Dejar que el ritmo de la batería se asiente. Dejar que la letra respire. Sin saltarme nada.
En 1991, la atención se repartía. Tú mirabas hacia el escenario. La persona que tenías al lado miraba en la misma dirección. Los oyentes de radio de todo el país estaban sintonizados en la misma frecuencia. Todo estaba sincronizado.
Eso fue lo que hizo que pareciera un momento álgido. No fue la envergadura. Tampoco las ventas. Fue la coherencia.
No hace falta que recreemos el Sheffield del 91. No podemos. Pero sí podemos decidir escuchar de una forma que le haga honor. Un disco tras otro. Una sala tras otra.
Antes del algoritmo. Antes del archivo. Antes del objeto.
Solo el sonido, al llegar.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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