El sonido de las 4 de la madrugada
Por Rafi Mercer
Hoy me desperté a las 4 de la madrugada. Sin despertador, sin motivo alguno… simplemente el silencio me despertó como si fuera un hilo que me sacara de la cama. Bajé las escaleras, me preparé un café sin encender las luces y me senté en la sala de escucha. No puse ningún disco. Simplemente escuché el silencio.
Donde vivo, a esa hora todo está muy tranquilo. Tan tranquilo que casi se oye un zumbido. La casa cruje una vez, el aire se mueve y luego, nada. El silencio es tan absoluto que te zumba en los oídos: esa leve frecuencia interna que solo se percibe cuando el mundo deja de hacer su ruido habitual. La mayoría de la gente lo llama silencio. Yo lo llamo espacio.

Hay algo en las 4 de la madrugada que parece un diapasón para los pensamientos. El resto del mundo duerme, el bullicio digital se desvanece y lo único que queda es el sonido de tu propia respiración. Me quedé allí sentado pensando en lo poco habitual que se ha vuelto esto: experimentar un silencio que no esté artificialmente creado. Sin auriculares, sin filtros, sin listas de reproducción ambientales destinadas a imitar la calma. Solo la auténtica.
Me di cuenta de que mi sala de escucha ya no giraba tanto en torno a la música como a la quietud. Los altavoces —unas piezas preciosas, cada uno con su propio carácter— permanecían en silencio, a la espera. El tocadiscos estaba inactivo, con la tapa antipolvo entreabierta. Era como si todo el espacio contuviera la respiración, a la espera de un sonido que aún no se había elegido. Pero en ese momento, no necesitaba música. Ya estaba escuchando.
Es curioso: el silencio tiene mala fama. Lo tratamos como una ausencia, como si fuera lo que ocurre cuando falta algo. Pero el silencio no está vacío. Es denso. Está cargado de energía. Es el momento anterior al sonido, el momento posterior a su desvanecimiento, el pulso que subyace a todo. Cuando me siento en una habitación silenciosa, casi puedo sentir los contornos del sonido a punto de surgir.
Pensé en todos los lugares que he visitado: desde los bares de escucha de Tokio, donde se venera el silencio, hasta las cafeterías de Londres, donde es imposible encontrarlo. Cada espacio tiene su propio murmullo, su propio umbral. Aquí, en este tranquilo rincón del campo, el umbral es tan bajo que incluso la nevera suena como un redoble de tambor. El silencio te permite escuchar las verdades más pequeñas: los latidos de tu corazón, el suave clic de la calefacción, el viento azotando las tejas del tejado. No es música, pero tampoco está muy lejos de serlo.
Escuchar con atención empieza por esto: no por el disco, ni por el equipo, sino por el silencio que lo precede. Ese es el verdadero lujo. Disfrutar de un momento en el que el mundo no te exige nada. Limitarte a escuchar el peso del aire.
Al final, cogí un disco. Algo tranquilo —quizá el «Köln Concert» de Keith Jarrett—, pero antes de bajar la aguja, volví a detenerme un momento. Quería recordar esa sensación. El murmullo de las cuatro de la madrugada, ese leve zumbido que solo se oye cuando todo lo demás se ha detenido.
Eso es lo que tiene la escucha profunda. No siempre surge del sonido. A veces nace del silencio que lo rodea: ese espacio negativo que da forma a las notas.
Me quedé allí sentado hasta que la luz empezó a cambiar y los pájaros comenzaron a ir invadiendo poco a poco el silencio. Y entonces me di cuenta de algo pequeño pero cierto: el silencio no es lo contrario de escuchar. Es la prueba de ello.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante.
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