La historia del selector: descubrir música más allá de uno mismo
La historia que llevamos dentro
Por Rafi Mercer
Cada disco tiene una historia. A veces es la que aparece en las notas de la carátula; otras, es la que escribimos nosotros mismos a medida que la música se va grabando en nuestra memoria. Una canción que suena en el momento equivocado puede pasar desapercibida, fundiéndose con el fondo. Esa misma canción, si se escucha en la compañía adecuada y en el lugar adecuado, puede parecer una revelación. La música nunca es solo música. Es la historia que la envuelve.
Hay música con la que sentirte cerca, de esa que pones cuando el mundo es demasiado ruidoso y necesitas algo que te mantenga en equilibrio. Hay música que te regala tiempo, alargando los minutos como la luz que entra por una ventana. Y hay música que frena el tiempo, lo ralentiza, lo alarga, haciendo que el presente parezca infinito. Nos pasamos la vida buscando esas canciones, esos discos, los que actúan como ejes en nuestra historia. Y, la mayoría de las veces, no están ahí a la vista de todos. Necesitas que alguien te los muestre.
Aquí es donde entra en escena el «selector». Ni del todo DJ, ni del todo archivista. Algo diferente. Una persona capaz de escuchar en tu nombre y luego ofrecerte ese disco que no sabías que estabas esperando. En Occidente solemos elevar a los DJ a la categoría de figuras espectaculares: escenarios de festivales, láseres, manos en alto. Pero los selectores son diferentes. No actúan para ti. Te guían. Su arte no consiste tanto en mezclar a la perfección como en elegir con valentía.
Tomemos como ejemplo a Gilles Peterson. Durante décadas ha sido un puente que ha traído jazz poco conocido de Brasil, «broken beats» de Londres y funk profundo de Detroit, fusionándolos todos en un continuo que, una vez que lo has escuchado, te parece inevitable. No es solo un DJ. Es un maestro que te muestra caminos entre sonidos que quizá nunca hubieras relacionado por ti mismo. O piensa en Carl Cox, cuya relevancia en el techno va más allá de la de un DJ que martillea ritmos a un público. Es un selector de energía, alguien capaz de sentir lo que necesita una sala, cuándo hay que subir el ritmo y cuándo hay que relajarlo. El objetivo no es diferente, pero la escala y el enfoque cambian.
Y luego están los anónimos. Esos hombres y mujeres de los bares de música japonesa, sentados tras paredes de vinilos, que quizá no te dirán ni una palabra en toda la noche. Dejan que los discos cuenten la historia. Pasan las horas, se va acabando el whisky, y entonces ponen esa canción que te deja sin aliento. Esa que parece hecha a tu medida. En Japón lo llaman «gear for you». Ese momento en el que el DJ busca entre la pila de discos y saca aquel que encaja con tu estado de ánimo, tu silencio, tu necesidad, aunque nunca lo hayas pedido.
La historia que te llevas de aquella noche ya no es solo tuya. Pertenece a la sala, al DJ, al propio disco. Recuerdas no solo el sonido, sino también el contexto: los rostros a tu alrededor, la luz tenue, la sensación del vaso en tu mano. Más tarde, cuando pones el mismo disco en casa, viene acompañado de un eco de aquella noche. Aunque lo escuches solo, nunca estás realmente solo.
En cierto modo, los selectores nos recuerdan que la música no es un objeto inmutable, sino una conversación. Son aquellos que han dedicado años, a veces décadas, a escuchar de todo para poder escuchar con atención a los demás. Su habilidad no reside solo en el gusto, sino también en el momento oportuno. Poner esa canción inesperada justo en el momento en que calará, dejar de lado la elección obvia hasta que vuelva a parecer nueva, tejer una noche que se perciba como una sola y larga frase. Eso es lo que diferencia a un selector de una lista de reproducción.
En casa, puedes aplicar el mismo principio. Pídele a un amigo que traiga un disco que nunca hayas escuchado antes y ponlo sin escucharlo antes. Déjale a él la elección. Deja que la historia de otra persona se entrelace con la tuya. Te sorprenderá cómo cambia el ambiente y cómo se va haciendo más profunda la noche. El disco se convierte en algo más que sonido. Se convierte en un símbolo de conexión.
A menudo pienso en los seleccionadores como conservadores de historias ocultas. No crean la música, pero le dan contexto. Revelan su época. Nos recuerdan que escuchar no es siempre una actividad solitaria, incluso cuando llevamos puestos los auriculares. En algún lugar, alguien te guió hacia ese sonido, mucho antes de que pulsaras «play».
La historia del disco, la historia de quien lo elige, la historia que tú añades al escucharlo. Así es como crece la música. Capa a capa, momento a momento. Y, a veces, la historia más importante es aquella que tú mismo no has elegido.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí o haz clic aquí para seguir leyendo.