Las películas y la música imprescindibles de septiembre de 2025: cinco álbumes de bandas sonoras para escuchar con atención

Las películas y la música imprescindibles de septiembre de 2025: cinco álbumes de bandas sonoras para escuchar con atención

Bandas sonoras que merecen una tarde en el bar

Por Rafi Mercer

Las películas transmiten historias a través de la luz, pero sus bandas sonoras las graban en nuestra memoria.

Las mejores bandas sonoras no son solo un acompañamiento: son mundos en sí mismas, álbumes que perduran más allá de las imágenes a las que estaban destinadas a acompañar.

Hay algunas que exigen una experiencia de escucha profunda; te hacen detenerte.

Sentado en casa, con las luces tenues y el equipo bien ajustado, estos discos se revelan como algo más que cine. Se convierten en imprescindibles para cualquier bar musical.

Dado que septiembre de 2025 ya está repleto de nuevos lanzamientos, me veo echando la vista atrás a cinco bandas sonoras que siguen demostrando su valía cuando se escuchan sin la pantalla.

La primera es *Ascenseur pour l'échafaud* (1958), de Miles Davis, compuesta casi sobre la marcha para la película negra de Louis Malle. Davis grabó con un cuarteto francés, improvisando al ritmo de las imágenes proyectadas. El resultado no es una banda sonora en el sentido tradicional, sino un estado de ánimo capturado en ámbar. Las notas de la trompeta flotan en el aire como el humo del cigarrillo, mientras que las líneas de bajo deambulan por las calles de París de noche. Incluso al margen de la película, el disco se erige como una de las obras más evocadoras de Davis. Ponlo en casa y oirás cómo el propio silencio se convierte en un personaje.

A continuación, *Super Fly* (1972), de Curtis Mayfield. Una banda sonora de soul que eclipsó a la propia película y que sigue siendo uno de los ritmos más profundos jamás grabados en vinilo. Mayfield no glorificó la narrativa de la blaxploitation, sino que la cuestionó, superponiendo metales, cuerdas y falsete sobre ritmos que aún hoy siguen calando hondo. Las canciones se erigen por sí solas como poesía callejera, con líneas de bajo que fluyen como una conversación y letras que se niegan a suavizar la verdad. En un bar de música, *Super Fly* se convierte tanto en historia como en profecía: urgente, funky, sin concesiones.

En tercer lugar, «Merry Christmas, Mr. Lawrence » (1983), de Ryuichi Sakamoto. Minimalista, delicada, inolvidable. El tema principal parece eterno, con su frase de piano repitiéndose como una respiración. La banda sonora se construye a partir de la contención: sencillas líneas melódicas que se prolongan hasta el silencio, sonidos electrónicos entretejidos como una telaraña y momentos de disonancia que te recuerdan que la belleza nunca está exenta de dolor. En un buen equipo de sonido, el peso de cada nota se intensifica. No es solo música para una película; es música para la reflexión, para el ensueño íntimo, para las tranquilas tardes de domingo.

En cuarto lugar, *Purple Rain* de Prince (1984). Llamarlo «banda sonora» resulta casi reduccionista. Sí, acompañó a la película, pero se convirtió en un álbum que definió toda una década. Cada tema rebosa energía: funk, rock y soul, todos ellos fusionándose bajo la batuta de Prince. Si se escucha a todo volumen en una sala acondicionada para ello, se percibe toda su variedad: la intimidad de «The Beautiful Ones», la exuberancia de «Let’s Go Crazy» y la trascendencia de la canción que da título al álbum. Es cine, teatro y catedral, todo en uno.

Por último, *Drive* (2011), de Cliff Martínez. Un clásico de culto moderno, que se caracteriza tanto por su música como por sus imágenes de neón. Los sintetizadores zumban como motores al ralentí en un semáforo, los ritmos laten con un aire amenazante y las melodías oscilan entre el romanticismo y la desesperación. La banda sonora de *Drive* nos recuerda que el minimalismo electrónico puede ser tan rico emocionalmente como cualquier orquesta. En casa, a altas horas de la noche, tiene el mismo peso que una sesión en un bar de música: detalle, atmósfera, presencia.

Estos cinco álbumes nos recuerdan que la relación entre el cine y el sonido es algo más que una simple coincidencia. El cine suele servir de escenario a la música, pero es la música la que confiere al cine su carácter perdurable. Y en el espacio adecuado, lejos de la pantalla, estas bandas sonoras se revelan como obras de arte por derecho propio.

Así que, en septiembre de 2025, mientras el mundo persigue lo nuevo, yo vuelvo a estos discos, no por nostalgia, sino porque son imprescindibles. Álbumes que demuestran que la frontera entre la pantalla y el sonido nunca fue real. Álbumes que nos recuerdan por qué escuchar no es solo un acompañamiento, sino toda una experiencia.

Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí o haz clic aquí para seguir leyendo.

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