Cuando el mundo reclama a Nina Simone
Una voz a la que el mundo vuelve siempre
Por Rafi Mercer
De vez en cuando, la historia recurre a Nina Simone.
Ocurre por oleadas, como si el mundo recordara de repente que su voz encierra algo que necesita desesperadamente.
Estalla la protesta, y ahí está ella, decidida e inquebrantable. La esperanza titila, y su voz la transmite, frágil pero fuerte.
El dolor se intensifica, y sus canciones soportan todo ese peso.
Nina nunca se va. Siempre está ahí esperándonos, y cuando los tiempos se vuelven insoportables o inciertos, volvemos a ella como si fuera una brújula.
Pero decir que es solo una voz es quedarse a medias.
Nina Simone no era solo sonido, era estructura. Su piano transmitía autoridad, entrelazando el rigor clásico con las cadencias del blues e integrando melodías folclóricas en el fraseo del jazz. Fíjate en cómo coloca los acordes: son arquitectónicos, lo suficientemente sólidos como para transmitir significado. Su piano es ritmo y armonía, pero también una segunda voz, un compañero en igualdad de condiciones con la letra. Juntos se convierten en un solo instrumento: el piano y la garganta, el martillo y el aliento.
Y luego están las propias palabras. Nina no cantaba por puro adorno. Cantaba para contar, para declarar, para acusar. A veces, su ira era inconfundible, atravesando con fuerza unos arreglos que, de otro modo, podrían haber resultado suaves. «Mississippi Goddam» no era una canción de protesta en el sentido suave del término: era una exigencia, un rechazo, una huelga. Incluso sus canciones más tiernas solían esconder un núcleo de hierro. El equilibrio entre la dulzura y la furia es lo que la hacía inimitable. Era capaz de levantarte el ánimo con «Feeling Good» y desgarrarte con «Four Women», todo ello en el mismo concierto.
Por eso Nina perdura. No pertenece a una sola época ni a un solo estilo. Se recurre a ella una y otra vez porque encierra una gran variedad de facetas: elegancia, rabia, tristeza, trascendencia. Cuando el mundo se fractura, su voz vuelve a unir los pedazos, aunque solo sea durante lo que dura una canción.
En un bar de música, Nina tiene un poder especial. Un seleccionador sabe que, si la pone en el momento adecuado, el ambiente cambia. Las cabezas se giran. Se hace el silencio. La gente se inclina hacia delante. No se habla mientras suena Nina Simone. No se la utiliza como música de fondo. Su voz exige atención, y su piano le da peso. Con un whisky en la mano y las luces tenues, el momento puede parecer una iglesia, una sala de juicios y un confesionario, todo a la vez.
Lo que me parece más extraordinario es cómo su música se niega a envejecer. Si escuchas «Sinnerman» hoy, te parece urgente, viva, imposible de ignorar. Si escuchas «I Loves You, Porgy», te parece atemporal, una canción que siempre ha existido. Ira y ternura, disciplina y desenfreno, elegancia y garra. Nina Simone era todo eso, a veces en el espacio de una sola estrofa.
Quizá por eso la historia no deja de recurrir a ella. No porque ofrezca respuestas fáciles, sino porque las rechaza. Nos obliga a escuchar, no solo a ella, sino a nosotros mismos. Hace que la quietud sea necesaria. Hace que la rabia sea aceptable. Hace que el acto de escuchar parezca algo más importante que un simple entretenimiento.
Así que sí, a veces parece que el mundo clama por Nina Simone. Y cuando lo hace, ella responde. Su voz nos recuerda lo que hemos olvidado. Su piano construye el andamiaje que lo sostiene. Su ira nos mantiene sinceros. Su ternura nos mantiene humanos.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí o haz clic aquí para seguir leyendo.