«Pastel Blues» (1965), de Nina Simone, es un disco crudo, íntimo y desafiante

«Pastel Blues» (1965), de Nina Simone, es un disco crudo, íntimo y desafiante

Por Rafi Mercer

Lo primero que llama la atención al comenzar «Pastel Blues» es lo cercana que se siente Nina, lo inmediata que resulta su voz, como si no estuviera delante de un micrófono, sino en tu salón. En un sistema con amplitud y fidelidad —por ejemplo, un par de Beolab 50 de Bang & Olufsen, donde se revelan todos los matices—, el efecto es asombroso. El espacio entre el piano y la voz se desvanece. Nina está ahí, presente, imponente, y te das cuenta de que no estás simplemente escuchando música, sino una conversación que resulta a la vez íntima y universal.

Publicado en 1965 por Philips, *Pastel Blues* marca un punto de inflexión en la carrera de Nina Simone. Para entonces, ya se había consolidado como una pianista formidable y una voz única, capaz de combinar la formación clásica, el fraseo del jazz, la intensidad del gospel y la crudeza del blues. Lo que hace que este disco sea extraordinario es su equilibrio: está impregnado de tradición, pero es a la vez totalmente personal, ya que toma prestadas las formas del blues al tiempo que cuenta historias que solo podrían ser las suyas. Es un álbum de contrastes —tristeza y resiliencia, intimidad y fuerza, reflexión y determinación— y en esos contrastes reside su brillantez.

La producción del disco es limpia, despejada, casi austera, lo que permite que el piano y la voz de Simone destaquen, pero cuando intervienen los músicos de acompañamiento, resultan igualmente impactantes. Las líneas de bajo avanzan con sutil insistencia, la batería es mesurada y contenida, y los metales aportan color cuando es necesario. Sin embargo, el protagonismo sigue recayendo en Nina, y ella lo domina por completo. Su piano es extraordinario aquí: no es solo un acompañamiento, sino un socio en igualdad de condiciones con su voz, que se mueve con independencia y deleite. A veces, ambos parecen discurrir en paralelo: sus manos esbozan una historia y su voz, otra, y el resultado es un conjunto con múltiples capas, vivo e infinitamente cautivador.

El álbum avanza a buen ritmo. Muchas de las canciones son breves, concisas y directas. No te da tiempo a asimilar una antes de que te arrastre la siguiente. Es como si te guiaran a través de una serie de viñetas, cada una de las cuales esboza un aspecto diferente de la experiencia humana. La canción inicial, «Be My Husband», con sus palmas y su intensidad sobria, es a la vez juguetona y contundente, una canción de amor que encierra matices de exigencia e ironía. Su versión de «Strange Fruit», de Billie Holiday, es devastadora, despojada de adornos orquestales; su voz transmite la letra con una franqueza escalofriante, mientras que el piano y el acompañamiento están cargados de tensión. «End of the Line» se mueve al ritmo del swing con resignación y humor irónico. «Trouble in Mind» es un blues optimista, una sonrisa oculta tras la tristeza, cuya brevedad no hace más que intensificar su impacto.

Quizá la pieza central del disco sea «Sinnerman», el tema final de diez minutos que transforma un espiritual tradicional en un largo viaje. Aquí, el piano de Simone es implacable, repetitivo y enérgico, mientras que su voz se eleva, suplica e insiste. Se trata de una interpretación que va creciendo sin cesar, hipnótica y catártica, con un peso tanto individual como colectivo. En un sistema capaz de reproducir su dinámica, la canción se convierte en una experiencia abrumadora, el tipo de interpretación que puede transformar una habitación en una iglesia.

Lo que más llama la atención de *Pastel Blues* es su optimismo, incluso ante las adversidades. Las canciones abordan el dolor, la injusticia y la pérdida, pero hay una resiliencia que las impregna, una negativa a sucumbir a la desesperación. La interpretación de Nina es inquebrantable, pero en esa verdad inquebrantable reside la fuerza, y en esa fuerza reside la esperanza. El disco cuenta historias de la vida, no como un lamento, sino como un testimonio. Su voz tiene esa cualidad poco común de sonar como si proviniera de algún lugar más allá del cuerpo, mientras que su piano aporta impulso, alegría y contraste. Ambos juntos crean una sensación de diálogo, como si ella encarnara tanto la pregunta como la respuesta, la desesperación y la rebeldía.

Escuchar «Pastel Blues» con atención y plenitud es escuchar no solo música, sino también una narración. Es escuchar a una mujer que cuenta la historia de su época, de su gente y de su vida a través del blues y más allá. Es dejarse conmover no solo por su virtuosismo, sino también por su honestidad y por su voluntad de transmitir la verdad en cada frase. El sonido puede ser de 1965, pero resulta atemporal. A través de los Beolab 50 o de cualquier sistema capaz de reproducir los detalles, no se percibe nostalgia, sino inmediatez. Se oye el crujido de una silla, la respiración entre frases, el golpe del martillo sobre una tecla de piano. Deja de ser un disco del pasado para convertirse en una presencia en la habitación.

No hay forma de reducir *Pastel Blues* a un único estado de ánimo o mensaje. Es un retrato en fragmentos, una serie de azules pintados en diferentes matices —algunos oscuros, otros luminosos, todos vivos—. Es un disco que te conmueve física, intelectual y emocionalmente, un disco que te insta a sentarte a escucharlo, a seguirlo, a perderte en él. Y cuando termina, no te sientes vacío, sino lleno de energía, como si te hubieran hablado directamente a ti. Ese es el don de Nina: cuenta la historia de la vida y, al hacerlo, también cuenta tu historia.

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