La trilogía de D’Angelo: «Brown Sugar» (1995), «Voodoo» (2000) y «Black Messiah» (2014)

La trilogía de D’Angelo: «Brown Sugar» (1995), «Voodoo» (2000) y «Black Messiah» (2014)

Por Rafi Mercer

Hay artistas a los que admiras y otros que recuerdas haber descubierto. D’Angelo pertenece a esta última categoría. Todavía recuerdo el día exacto en que «Brown Sugar» llegó a la tienda —la Virgin Megastore de Oxford Street, en el verano de 1995—. Una portada en tonos marrones, una tipografía discreta, sin bombo publicitario. Puse el disco promocional en el tocadiscos de la zona de escucha, bajé la aguja y, en cuestión de segundos, supe que algo había cambiado.

Era la sensación que transmitía. El tacto. La forma en que encajaban los tambores. Tras años de R&B pulido y brillante, esto resultaba cálido, analógico, humano. El bombo sonaba como si tuviera vida propia. Los acordes del Rhodes brillaban como las farolas después de la lluvia. Y esa voz —tierna, sincera, ligeramente ronca— flotaba por encima de todo como algo íntimo captado en una cinta por casualidad.

Puse ese disco hasta la hora de cierre. Luego lo volví a poner en el autobús nocturno de vuelta a casa.

Brown Sugar (1995) — El comienzo del «slow groove»

Lo que hacía especial a *Brown Sugar* no eran solo sus canciones, aunque todas ellas siguen siendo válidas. Era su atmósfera. D’Angelo construyó el álbum en torno a la interpretación en directo y a un swing de tempo medio: una música que sonaba madura pero vulnerable, segura de sí misma pero tranquila. «Brown Sugar», «Lady», «Cruisin’», «When We Get By»: todas ellas se mueven en ese espacio paciente y nocturno entre el jazz, el soul y el hip-hop.

Fue el nacimiento de lo que pronto se denominaría «neo-soul», pero en aquel momento parecía más un redescubrimiento que una invención. Para aquellos de nosotros que crecimos con Prince, Marvin Gaye, Stevie Wonder y Donny Hathaway, se trataba de una continuidad renacida. Incluso la funda del vinilo olía como debía: cartón grueso, con un ligero aroma a humo. Se notaba el esmero.

Recuerdo haber viajado con ese álbum —Tokio, Lisboa, Nueva York— y funcionaba en todas partes. No era algo regional, sino rítmico. Transmitía la intimidad de las salas pequeñas y la seguridad de las grandes. Podías colocarlo junto a Tribe Called Quest o Erykah Badu y encajaba a la perfección. Era groove sin alardes, sensualidad sin espectáculo.

Al escucharla ahora, «Brown Sugar» sigue conservando esa atmósfera de luz de velas: suave, pero a la vez decidida. No es nostalgia; es maestría. D’Angelo apareció como si ya estuviera completamente formado, consciente desde el principio de que la verdadera conexión se produce en los momentos de silencio.

Voodoo (2000) — The Deepening

Cuando salió «Voodoo», cinco años después, ya vivía más bien a caballo entre dos mundos: el trabajo, los viajes y horas interminables rodeado de música. Cuando salió ese disco, sentí como si el suelo volviera a moverse bajo mis pies. «Brown Sugar» era seducción; «Voodoo» era rendición.

Se grabó en los Electric Lady Studios de Nueva York, en esa misma sala donde Hendrix persiguió en su día a los fantasmas de las frecuencias. Los Soulquarians formaban el núcleo: Questlove a la batería, Pino Palladino al bajo, James Poyser a los teclados y la mano invisible de J Dilla marcando el ritmo. Lo que crearon fue más que un álbum: fue toda una atmósfera.

El ritmo de «Voodoo» no solo se balancea; se inclina. Va siempre con retraso, maravillosamente por detrás del compás, una especie de embriaguez sonora. «Playa Playa» abre el disco como el humo que se eleva de una vela: el ritmo suspendido, los instrumentos hablando en susurros. Le sigue «Devil’s Pie» con esa cadencia entrecortada, casi ebria, que Dilla perfeccionó. Y «Send It On» —todo brillo de Fender Rhodes y silencio de hi-hat— podría ser lo más cerca que la música moderna ha estado de la levitación.

La primera vez que escuché «Voodoo» en vinilo con unos buenos altavoces, me pareció como si el tiempo se hubiera ralentizado. Cada golpe de bombo era ligeramente imperfecto; cada respiración de la voz, audible. No estaba pensado para la radio; estaba pensado para el cuerpo. Lo sentías en los huesos antes de que tus oídos lo captaran.

Y luego estaba «Untitled (How Does It Feel)», esa canción increíble que detuvo el mundo durante cuatro minutos y treinta y seis segundos. Se ha convertido en sinónimo de la sensualidad del neo-soul, pero es mucho más que eso. Es tensión convertida en música. Una sola toma, un solo micrófono, sin ediciones. Una interpretación tan cruda que parece íntima.

«Voodoo» es el tipo de disco que no se puede escuchar a saltos. Exige una escucha completa: el arco narrativo, el aliento, el lento crescendo hacia la quietud. Cada nota parece estar colocada a propósito. Es lo más cerca que ha estado la música moderna de la densidad de «Bitches Brew» o «What’s Going On »: caótica, espiritual, profundamente viva.

Incluso ahora, dos décadas después, «Voodoo» sigue pareciendo un secreto susurrado con demasiada maestría. Redefinió el ritmo. Nos enseñó que la imperfección era la nueva perfección.

Black Messiah (2014) — El regreso de la resistencia

Y entonces, silencio. Catorce años de silencio. El tiempo suficiente para que se crearan leyendas, circularan rumores y los oyentes se preguntaran si D’Angelo había desaparecido en las páginas de la historia.

Cuando «Black Messiah» salió por fin a la luz, sin previo aviso, en diciembre de 2014, dio la sensación de ser una transmisión procedente de una línea temporal paralela. El mundo había cambiado —la política, la cultura, los hábitos de escucha—, pero él volvió a él con la misma fuerza elemental de siempre.

Mientras que *Voodoo* era íntimo, *Black Messiah* era insurgente. Los ritmos eran más oscuros, distorsionados e inquietos. The Vanguard sustituyó a los Soulquarians: Questlove seguía ahí, pero el sonido era ahora más crudo, casi psicodélico. El disco se abría con «Ain’t That Easy» —con un bajo distorsionado y armonías irregulares— y, desde el primer compás, quedaba claro que se trataba de música de resistencia.

Temas como «The Charade» y «Till It’s Done (Tutu)» rebosan de una rabia silenciosa: no son eslóganes, sino humanidad. La voz de D’Angelo queda a veces sepultada en la mezcla, como si luchara por abrirse paso a través de la distorsión. La producción da la sensación de estar hecha a mano, imperfecta a propósito: una protesta contra el pulido.

Escuchar *Black Messiah* en un equipo de alta fidelidad es toda una revelación. Los graves rugen; las guitarras suenan distorsionadas, como si los conos de los altavoces estuvieran rotos. Se parece más a *There’s a Riot Goin’ On* que a *Voodoo*. No es música para seducir, es música para sobrevivir. Sin embargo, bajo la aspereza y la suciedad, sigue habiendo esa ternura inconfundible, ese tono tan característico de D’Angelo: la fe en la vulnerabilidad.

Cuando lo escuché por primera vez, me di cuenta de que la trilogía había cerrado el círculo: «Brown Sugar» como deseo, «Voodoo» como devoción y «Black Messiah» como rebeldía. Juntas forman una única narrativa: el amor, el cuerpo y la fe, cada uno de ellos reinterpretado para una nueva década.

El continuo del oyente

Hay un hilo conductor que recorre estos tres álbumes: la atención. D’Angelo escucha con más atención de la que la mayoría de los artistas dedican a tocar. Se nota en el fraseo, en la síncopa y en la precisión milimétrica de sus compañeros de banda. Es música creada por personas obsesionadas con la sensación, no con el resultado final. Es el pensamiento del jazz aplicado al lenguaje del soul, donde el espacio y el silencio tienen tanto significado como el sonido.

Llevo décadas rodeado de discos, pero pocos artistas merecen tanto una escucha prolongada como D’Angelo. Cada vez que lo pongo, descubro una nueva arquitectura: la armonización entre el bajo y la voz, la compresión del aire entre el bombo y la caja. Es como si los surcos contuvieran su propio sistema meteorológico.

En los bares de música de Japón, Voodoo y Black Messiah se tratan casi como un ritual. No son música de fondo; son una ceremonia. Los discos cobran vida a través de altavoces con bocina, y cada imperfección es un recordatorio de la presencia humana que hay dentro de la máquina.

Entre 1995 y 2014, D’Angelo recorrió todo el espectro emocional del soul moderno: desde la seducción hasta la soledad, pasando por la conciencia social. Pocos artistas han avanzado con tanta integridad, y aún menos con tanta paciencia.

Y creo que por eso sigo volviendo a estos discos: porque me recuerdan que escuchar no es consumir, sino conectar.

El azúcar moreno me enseñó lo que es la calidez.
El vudú me enseñó a ser paciente.
Black Messiah me enseñó el valor.

Tres lecciones, una sola voz.

Cada mes, The Listening Club se reúne en torno a un álbum como este. Únete aquí.


Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete o haz clic aquí.

Volver a los relatos

No es una lista de reproducción.

El número de socios fundadores está limitado a 200 en todo el mundo. El club de escucha «Tracks & Tales» está dirigido a quienes entienden que escuchar no es un simple ruido de fondo, sino que se trata de estar presente.

ÚNETE AHORA