Escuchar en círculos
Por Rafi Mercer
Hay noches en las que no hace falta un bar para escuchar música, en las que el público, el whisky y el cálido murmullo de los desconocidos se ven sustituidos por algo más íntimo: una silla, un disco y unos auriculares. Este acto, solitario y concentrado, podría parecer una forma menor de escuchar en comparación con la grandiosidad de los altavoces con caja de resonancia en una sala a oscuras. Sin embargo, el ritual de los auriculares tiene su propia geometría, una forma que se pliega hacia dentro en lugar de hacia fuera.
Los auriculares no son simplemente unos altavoces en miniatura sujetos a la oreja. Reorganizan la forma en que el sonido ocupa el espacio. Una barra sonora se proyecta hacia el exterior: el sonido choca contra las paredes, se refleja, se expande y, a continuación, envuelve al oyente en una nube colectiva. Los auriculares invierten este proceso. La habitación se colapsa dentro del cráneo y el oyente se convierte en la barra. Cada eco, cada línea de bajo, cada detalle de la respiración se ve arrastrado hacia una esfera privada.
Esta intimidad no es nada nuevo. Pensemos en Glenn Gould, el pianista canadiense, que se retiró de los escenarios para dedicarse a la grabación en estudio. Afirmaba que el hecho de tocar para la cinta y luego escuchar la grabación en soledad a través de los auriculares le permitía percibir la música como una arquitectura más que como una interpretación. Podía oír cómo el contrapunto de Bach no se extendía en espiral por una sala, sino a través de su propio sistema nervioso. En ese sentido, los auriculares no son un atajo, sino un microscopio que amplía no el volumen, sino la proximidad.
El ritual también tiene una vertiente táctil. Elegir unos auriculares es como elegir la cristalería para el whisky. Un vaso fino y delicado ofrece una sensación diferente a la de una copa de cristal de corte grueso, aunque la bebida que contenga sea la misma. Lo mismo ocurre con el sonido: unos Sennheiser abiertos «respiran» como el lino contra la oreja, dejando escapar el aire, mientras que unos Focal cerrados dan la sensación del cuero: concentrados, herméticos, envolventes. Cada diseño crea un ambiente, del mismo modo que los cubitos de hielo, las esferas o las piedras transforman el ritmo de una bebida.
En casa, el ritual de los auriculares puede potenciarse con pequeños gestos. Baja las luces. Sírvete una copa de algo que invite a la reflexión —quizá un whisky de malta de las Highlands con un delicado toque ahumado entre su dulzura—. Coloca la aguja y deja que las primeras notas florezcan no en la habitación, sino dentro de tu cabeza. A diferencia de un entorno compartido, no hace falta que compartas tu elección. Eres libre de pasar de Coltrane a Aphex Twin, de Billie Holiday a Burial, sin tener en cuenta la continuidad ni el consenso. La aleatoriedad forma parte de la concentración.
Un álbum que se adapta especialmente bien al ritual de los auriculares es *Spirit of Eden*, de Talk Talk. Grabado con una paciencia extraordinaria, oscila entre el silencio y la tormenta, con la trompeta y la guitarra disolviéndose en una bruma eléctrica. Por los altavoces, es magnífico. Por los auriculares, es trascendente. Se oye la respiración de Mark Hollis entre frases, el aire que rodea a los platillos, la forma en que el órgano se intensifica como la luz a través de un vitral. Es música concebida no para el público, sino para el intimismo del alma.
El cine también ha plasmado este giro hacia el interior. En «Lost in Translation», hay un momento en el que Scarlett Johansson camina por Shibuya con los auriculares puestos, dejándose llevar por entre la multitud iluminada por neones, pero envuelta en su propia banda sonora. La ciudad se convierte en escenario, y lo que ella escucha, en la lente. Todos hemos experimentado esa sensación: la forma en que la música que se escucha a través de los auriculares transforma una calle en cine, y cada paso se sincroniza con una partitura privada.
El ritual, sin embargo, requiere disciplina. Al igual que los tubos necesitan un tiempo de calentamiento, los auriculares exigen atención. No son un fondo; son el primer plano. Si les dejas, te alejan de las pantallas, de las charlas, de las distracciones. El truco está en dejarse llevar por la claustrofobia hasta que se convierta en liberación. Una vez que estás dentro del sonido, ya no queda nada fuera.
Entonces, ¿cuál es la geometría que nos ocupa? No se trata de una habitación cuadrada ni de una barra redonda, sino de un círculo trazado alrededor de uno mismo. Los auriculares nos envuelven, sí, pero al hacerlo crean un espacio infinito hacia el interior. Una paradoja de la contención que se transforma en libertad.
La próxima vez que la noche te parezca demasiado ruidosa, o el día demasiado fragmentado, pruébalo. Apaga las luces, sírvete un trago y colócate las copas con suavidad sobre las orejas. Presta atención al silencio que precede al sonido. Y luego deja que el disco se desarrolle en tu interior, como si fueras la propia habitación.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales», suscríbete aquí, o haz clic aquí para leer más.