Nina en la habitación
Por Rafi Mercer
Esta semana la he pasado con Nina Simone. Más concretamente, con «Pastel Blues». Lo he estado escuchando en un sistema de sonido que incluye un par de Beolab 50 de Bang & Olufsen, y puedo decir, sin dudarlo, que es como tener a Nina en la habitación. Su voz no se limita a llegar; habita el espacio. Su piano no se limita a acompañar; transforma el aire que lo rodea. Es una experiencia auditiva excepcional, y un recordatorio de por qué Nina Simone sigue siendo una de las grandes narradoras de la música.
Lo primero que me llama la atención es la producción. Para ser un álbum publicado en 1965, *Pastel Blues* ofrece una claridad extraordinaria. El sonido es seco, inmediato, casi íntimo, como si te hubieran invitado a una actuación privada. En un sistema tan revelador como los Beolab 50, se aprecian todos los detalles: el matiz de la voz de Nina, el chasquido nítido de las baquetas sobre la caja, la resonancia de las notas de su piano que perduran lo justo para que se noten.
Las canciones en sí son breves, casi bocetos, pero cada una tiene su peso. Tomemos como ejemplo «Be My Husband», con sus insistentes palmas y una voz desnuda, casi primitiva. Nina convierte la sencillez en un conjuro, su voz se repite como un mantra, aumentando en intensidad hasta que la sala se carga de energía. O «Nobody Knows You When You’re Down and Out», donde su entonación envuelve la letra con humor y resignación a la vez. En ellas se puede percibir su vida: los altibajos, las duras verdades cantadas con una sonrisa irónica.
Luego está «Strange Fruit», el clásico de Billie Holiday, reinterpretado aquí con una severidad inquebrantable. Nina no se limita a cantarla; se mete de lleno en ella, interpretando la letra con una claridad descarnada sobre un acompañamiento minimalista. En el sistema Beolab, el silencio entre las notas es tan denso como las propias notas. Es una interpretación que exige toda la atención del oyente, que se niega a quedar en segundo plano.
Pero lo que más me ha sorprendido al volver a escuchar este álbum es lo optimista que resulta en algunos momentos. «Trouble in Mind» tiene un ritmo desenfadado que roza la alegría, con un piano alegre y una voz impregnada de resiliencia. Incluso en los temas más oscuros, se percibe una sensación de fortaleza: de negarse a dejarse vencer, de encontrar esperanza en la propia expresión. Esa dualidad —tristeza y optimismo, resistencia y liberación— es la esencia del genio de Nina.
Su interpretación al piano merece una mención especial. No se limita a acompañar la voz, sino que avanza por una vía paralela, con su propia historia melódica. A veces, ambos parecen divergir, casi como si mantuvieran una conversación: sus manos impulsan la música hacia adelante mientras su voz se demora o se desvía. Esa tensión —la voz y el piano bailando de forma independiente, pero siempre unidos— es lo que da profundidad a las canciones. Y luego están los demás músicos: un ritmo nítido, sutiles líneas de guitarra, una banda sintonizada con su frecuencia pero que nunca le resta protagonismo.
Al escuchar de esta manera —en un sistema capaz de captar hasta la más mínima inflexión—, uno empieza a darse cuenta de hasta qué punto el arte de Nina reside en los detalles. La forma en que su voz se quiebra en una sola sílaba. La forma en que su mano izquierda al piano da solidez a una canción, mientras que la derecha la eleva y le da alas. La interacción entre su intensidad y su moderación. Todo ello cobra vida cuando el sonido no se trata como una señal, sino como una historia.
«Pastel Blues» no es el disco más famoso de Nina, pero podría ser uno de los más reveladores. Se desarrolla a buen ritmo —las canciones son breves, directas y sin adornos—, pero deja una impresión duradera. Cada tema es una viñeta, un atisbo de una historia más amplia que la propia canción. Y, en su conjunto, conforman un retrato de Nina Simone no solo como cantante o pianista, sino como cronista de la vida: su dolor, su humor, su resiliencia, su elegancia.
He disfrutado de muchos discos a lo largo de los años, pero pocos me han transmitido una sensación de presencia tan intensa como este a través de los Beolab 50. Me ha recordado por qué montamos equipos, por qué buscamos espacios que hagan honor al sonido: no por el volumen, ni por el espectáculo, sino por la presencia. Nina Simone no necesita amplificación para cautivar a todo un salón. Pero cuando se le da espacio para respirar, lo llena de alma, de historia, de ese tipo de honestidad que te deja sin aliento.
Rafi Mercer escribe sobre los espacios en los que la música es importante. Para leer más artículos de «Tracks & Tales»,suscríbete aquí ohaz clic aquí para seguir leyendo.